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Cuando la novia se cansó de esperar

Cuando la novia se cansó de esperar

Mi padre viajó desde Italia solo para presenciar mi primera boda. Vio con sus propios ojos cómo Luca Romano me soltaba la mano diez minutos antes de pronunciar los votos, todo porque Celeste llamó diciendo que no podía respirar. Ese día, el señor Moretti no gritó. Se limitó a decirme: «Tómate el tiempo que te haga falta. Pero cuando por fin entiendas que él jamás te elegirá en el altar, regresa a casa». En aquel entonces, pensé que mi padre no entendía de amor. Por eso decidí quedarme en Nueva York. Le di a Luca siete bodas. Siete desplantes. Cada una de las veces regresaba con flores, disculpas y una nueva fecha para el compromiso. «Elena —me repetía siempre—, esta es la última vez». Con los años, hasta sus amigos dejaron de disimular las burlas a mis espaldas. «Ella no se va a ir —decía uno de ellos—. Solo quiere que él le ruegue un poco más». Yo me habría quedado por un amor de verdad. Pero no iba a desgastarme por un hombre que solo se acordaba de mí después de haber elegido a otra. Ahí fue cuando por fin abrí los ojos: él había confundido mi devoción con un refugio seguro al que podía volver cada vez que se le antojara. La mañana de nuestra octava boda, guardé el anillo de compromiso en una caja de terciopelo blanco. En ese preciso instante, mi teléfono sonó. Era mi padre. —El helicóptero está listo —anunció. En el altar, Luca aguardaba por mí con la alianza de matrimonio en la mano. Solo que esta vez, decidí dejarlo esperando para siempre.
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Cayendo en la Seducción del Rudo

Cayendo en la Seducción del Rudo

En los años setenta, respondí al llamado del gobierno y me uní al programa de jóvenes intelectuales enviados al campo. Buscando emociones fuertes, me fijé en un hombre rudo de cuerpo musculoso. Una noche, escalé por su ventana y me deslicé bajo sus cobijas, las cuales estaban impregnadas de testosterona. —Diego, lo tienes muy duro. Déjame ayudarte. El hombre sujetó mi cintura y me empujó con fuerza diciendo: —Tú te lo buscaste. Aparte de labrar la tierra, lo que más hice fue montarme sobre sus caderas, balanceando las mías. Nos enredamos en las montañas y ardimos en los campos. Cada rincón apartado de la aldea guardaba las huellas de nuestros encuentros íntimos.
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El Humo De La Sirena Que Amó Al Alfa

El Humo De La Sirena Que Amó Al Alfa

Yo era una princesa del mar. En cuanto vi a Dominic, el Alfa de los lobos, caí rendida ante él. Quería ser su pareja, ser parte de su mundo. Por eso le entregué todo lo que yo era a la Diosa de la Luna. Pero él me encerró en la sala de aislamiento de la manada por tres días. Según él, para que “pensara en lo que había hecho”. Todo porque no corrí a ayudar a su amiga de la infancia, Harper. Se dejó caer en el banquete de la manada y todos los presentes se carcajearon. Harper lloró y se refugió en los brazos de Dominic. —Marina ha de tener celos de lo bien que me tratas. ¡Seguro usó su magia de forastera para hacerme caer frente a todos! Mientras me encerraba, la cara de Dominic reflejaba una gran decepción. —Te he consentido mucho, Marina. Y ahora usas mi amor como un arma contra mi manada. Te quedarás aquí tres días. Cuando hayas aprendido la lección, me buscas por el enlace mental y te disculparás. Entonces te dejaré salir. La sala de aislamiento estaba diseñada para limpiar espíritus. Pero él no sabía la verdad. Quemar salvia solo limpia el espíritu de un hombre lobo. Pero para una sirena, es veneno. El humo me quemó los pulmones. El veneno inundó mis venas. Me asfixié en esa habitación sellada. Y nadie se dio cuenta jamás.
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El mensaje que al fin comprendí

El mensaje que al fin comprendí

En mi cumpleaños, salí a comer con mi familia. Pedí un deseo con la esperanza de que estuviéramos juntos y felices para siempre. Al abrir los ojos, vi a mi hijo, Luigi Marino, sosteniendo su tableta. En la pantalla aparecía un mensaje: "Papá, Maria dice que está embarazada de tu bebé. ¿Voy a tener una nueva mamá?" Giovanni Marino me estaba tomando fotos con una Polaroid. Miró la pantalla de reojo y escribió una respuesta al reverso de la foto. "No. Le prometí a tu mamá que, si alguno de los dos traicionaba al otro, desaparecería de su vida para siempre. No puedo vivir sin ella. Así que tienes que ayudarme a mantener esto en secreto. Aunque Maria tenga ese bebé, nunca aparecerán ante tu mamá". Después de escribir eso, me miró y preguntó con ternura: —¿Qué te pasa, amor? ¿Por qué tienes los ojos rojos? ¿Te los irritó el humo de las velas? Mis lágrimas estuvieron a punto de caer, pero forcé una sonrisa y respondí: —Estoy bien. El regalo de cumpleaños que me prepararon es maravilloso. Me conmovió tanto que no pude evitar llorar. Él no sabía que mi dislexia había desaparecido una semana antes. Parecía que ya no tenía que seguir pensando en si aceptar la oferta de trabajo de una prestigiosa organización internacional sin fines de lucro dedicada a enseñar a leer a niños con dislexia. En siete días, todo el papeleo estaría listo. En ese momento, desaparecería para siempre de sus vidas.
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La Falsa Susurradora de Cadáveres

La Falsa Susurradora de Cadáveres

Tras presentar mi solicitud para dejar el cargo de jefa de Medicina Forense y pedir el traslado a un puesto administrativo, en la comisaría a todos se les iluminó la cara. Sonrisas por todas partes. Aprobación unánime. Solo Olivia Montoya, la nueva forense… la "mejor amiga de la infancia" de mi novio, se vino abajo. La que se hace llamar la "Susurradora de Cadáveres". Entró hecha una fiera, me agarró con fuerza de la bata y, con los ojos enrojecidos, soltó: —Aunque tu técnica ya está pasada de moda, de verdad espero que te quedes. ¡Que sigas dándoles voz a las víctimas! Le aparté la mano con frialdad, recogí mis cosas y me di la vuelta para irme. Porque en mi vida pasada, ella se presentaba igual: decía que podía oír los susurros de los muertos y saber lo que habían vivido antes de morir. Yo me mataba trabajando: autopsia tras autopsia, revisando una y otra vez, redactando informes de autopsia con cada detalle. Ella, en cambio, solo necesitaba echarle un vistazo al cadáver… y podía recitar mi informe palabra por palabra, sin equivocarse ni una coma. Las familias de las víctimas la veneraban como si fuera un milagro andante. A mí me miraban con desprecio. Decían que yo profanaba al difunto, que no lo respetaba. No lo acepté. Me negué a rendirme. Me dejaba la vida en cada autopsia… pero ella siempre se me adelantaba, escupiendo toda la verdad como si ya la tuviera en la palma de la mano. Hasta que una familia, llevada al límite, me odió por ultrajar a su difunto. Me secuestraron. Me descuartizaron. Y me abandonaron en un baldío. Cuando volví a abrir los ojos… Había renacido justo el día en que Olivia anunció, por primera vez, que era la "Susurradora de Cadáveres".
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El Día Que Me Robaron El Altar

El Día Que Me Robaron El Altar

El día de mi boda, de repente, mis papás trajeron a mi novio a la casa y dijeron que la boda iba a tener otra novia: —Tu hermana tiene una enfermedad terminal, su único deseo es casarse con Iván. —Tú eres su hermana menor, sé buena y ayuda a tu hermana. —No te apresures —intervino también mi novio—, es nomás una ceremonia. Después de que ella se muera, nosotros todavía podemos casarnos. Yo no estuve de acuerdo, así que mis papás me amarraron. —Te soltaremos, después de que se acabe la boda. Pero, poco después de que se fueron, un ladrón que se metió a la casa me mató de forma brutal. Cuando por fin se acordaron de mí, solo encontraron mi cuerpo ya en estado de descomposición.
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El Magnate y Su EX de las Cien Casas

El Magnate y Su EX de las Cien Casas

¿Hasta dónde puede llegar alguien con dinero? Mi esposo tenía tanto que, en Bruma, le decían Medio Bruma, ya que casi la mitad de la ciudad es suya. Llevábamos cinco años casados; cada vez que se iba a acompañar a su amor de toda la vida, me traspasaba una casa. Cuando a mi nombre ya había noventa y nueve, él notó que yo había cambiado. Ya no lloré ni supliqué, simplemente me limité a escoger la mejor mansión de la ciudad, preparé la escritura y esperé a que él la firmara. Cuando lo hizo, su voz se le ablandó al prometer: —Cuando regrese, te llevaré a ver los fuegos artificiales. Guardé los papeles y asentí. Lo único que no le conté fue que: lo que acababa de firmar esa vez no era una casa más, sino… nuestro acuerdo de divorcio.
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La mujer en el gimnasio

La mujer en el gimnasio

—No... mi cuerpo es de mi esposo. En el gimnasio, había contratado a un entrenador personal para trabajar los glúteos. Para poder mostrarlos mejor, llevaba puesta solo una minifalda rosada muy corta, bajo la cual se alcanzaba a ver ligeramente mi ropa interior blanca. Yo ya era una persona muy sensible por naturaleza, y cuando el entrenador levantó directamente mi falda corta y empezó a tocar mis nalgas, mi cuerpo reaccionó sin que pudiera controlarlo. Al ver mi reacción, el entrenador tiró de repente de mi ropa interior, que ya estaba completamente húmeda. —¿Te pica tanto que no lo soportas? Déjame ayudarte.
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Elegiste acabar con nuestro bebé para salvar a tu amante

Elegiste acabar con nuestro bebé para salvar a tu amante

Con nueve meses de embarazo, un exempleado, que guardaba un profundo rencor tras haber sido despedido para darle ese puesto a mi esposo, me llevó a la fuerza a la azotea del edificio y me asestó decenas de puñaladas. Mi marido, Víctor Escobar, capitán de un escuadrón de rescate, prefirió movilizar a todo su personal para impedir que Raquel Herrera, su exnovia, sumida en una depresión, le prendiera fuego a su departamento. No le supliqué que viniera a rescatarme. En mi vida anterior, precisamente porque lo había llamado suplicándole ayuda, él había dejado desprotegida a Raquel y había ido corriendo a salvarme. Mi bebé y yo logramos sobrevivir, pero ella, después de prenderle fuego a su departamento, murió consumida por el incendio. En apariencia, Víctor no me había guardado ningún rencor. Incluso llegó a reservarme una suite de maternidad privada. Sin embargo, el mismo día que di a luz, me amarró ¡y nos acuchilló sin piedad, a mí y a mi bebé recién nacido! —¡Ese día tú y ese tipo se pusieron de acuerdo para engañarme, ¿no es así?! ¡Tus «heriditas» no eran nada graves! ¡Ni de chiste te ibas a morir! —exclamó, fuera de sí—. ¡Pues, si tanto te encanta que te apuñalen, entonces, te daré el gusto! Cuando volví a abrir los ojos, había regresado al día en que me habían tomado como rehén. Pero, esta vez, tomé una decisión: lo dejaría correr para salvar a su Raquel.
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Muerta para Él, Libre para Mí

Muerta para Él, Libre para Mí

Cuando descubrí que estaba embarazada, Miguel Michaus gastó una fortuna en contratar a un médico de renombre para que me prescribiera medicamentos para proteger al bebé. Él, que jamás fue creyente, se arrodilló en una iglesia durante horas, rogando que yo pudiera dar a luz sana y salva. —Amor, has sufrido mucho. Cuando nazca el bebé, te lo voy a compensar como te lo mereces. Ese mismo día, por accidente, contesté una llamada en su lugar. —Señor Michaus, tal como indicó, a los medicamentos de la señora ya se les añadió el fármaco esterilizante. Cuando llegue el momento, el bebé nacerá sin vida. En cambio, el hijo de la señorita López está perfectamente sano; nacerá sin complicaciones y se convertirá en el heredero del Grupo Michaus. La señora Santerbás no notará nada, ni se dará cuenta; no se verá afectada su relación con usted. Esté tranquilo. Bajé la mirada hacia mi vientre abultado. Jamás imaginé que su amor fuera tan falso. Así que ya no tenía nada que me retuviera. Firmé los papeles del divorcio y elegí marcharme.
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