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Chequeo Médico Inolvidable
Chequeo Médico Inolvidable
作者: Hipocrítico

Capítulo 1

作者: Hipocrítico
Me llamo Esmeralda Lugo y soy universitaria de último año, a punto de graduarme.

Un día la universidad programó exámenes médicos para todos los estudiantes de último año, pero perdí mucho tiempo atendiendo la llamada de una empresa sobre una vacante.

Cuando llegué, todos los estudiantes ya se habían ido y, en el enorme consultorio médico, solo quedaba un joven doctor con bata blanca.

—Doctor, vine a hacerme el examen médico.

Me acerqué con el formulario en la mano y entonces pude ver bien al doctor. Era tan guapo que podría ser el estudiante más atractivo de toda la universidad. El médico de la universidad tomó el formulario.

—¿Vienes por el examen? ¿Por qué llegas tan tarde?

Su voz era fría, pero muy atractiva. Avergonzada, expliqué el motivo entre murmullos.

—Sígueme.

Se levantó y se dirigió a la sala del fondo. Mientras lo seguía, miré la identificación que llevaba en el pecho. Fausto Magaña.

Hasta su nombre era bonito.

—Siéntate y quítate la blusa.

Él estaba frente a la única camilla de la habitación y, sin cambiar de expresión, me dio aquella indicación que tanto me avergonzaba.

—Disculpe, ¿no hay ninguna doctora?

Me sentía incómoda, pero, sobre todo, muy avergonzada. Después de todo, nunca me había quitado la ropa delante de un desconocido.

—Llegaste demasiado tarde. Todas las doctoras ya terminaron su turno y solo estoy yo. Si no quieres hacerte el examen, puedes irte, pero voy a dejar constancia de ello en el formulario.

El doctor me miró con dureza; su actitud se volvió aún más fría. Me asusté. Ese examen era muy importante porque condicionaba nuestras próximas prácticas profesionales.

Así que reuní valor, me quité la blusa y me senté al borde de la camilla. Solo llevaba el sostén y una minifalda por encima de las rodillas.

Bajo la tenue iluminación, mi pecho resaltaba. Avergonzada, apreté las manos frente al pecho. Desde que mi pecho quedó expuesto, él no dejó de mirarlo. Apenas desvió la mirada cuando lo miré.

Asintió satisfecho, se puso unos guantes blancos y se colocó detrás de mí.

—Ahora vamos con la primera parte.

Antes de que pudiera prepararme, extendió una mano hacia mí desde atrás.

—¡Doctor!

Por reflejo, le sujeté la mano para impedírselo.

—Suéltame.

Sentí su aliento ardiente detrás de la oreja. Me ardía tanto la oreja que sabía que se me había puesto roja. No me quedó más que obedecer y soltarle la mano. Él continuó.

Unas veces presionaba con delicadeza y otras con fuerza. Estuve a punto de gritar en varias ocasiones. De tanto repetirlo, empecé a creer que lo hacía a propósito. Por fin terminó aquella tortura insoportable.

—Te has desarrollado bien, pero creo que hay un problema.

Se quitó los guantes y habló con cierta seriedad. Las fantasías que había despertado en mí se esfumaron y se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Qué ocurre?

—Todavía no estoy seguro. Necesito examinarte mejor. Desabróchate también el sostén, por favor.

Al tratarse de mi salud, esta vez desabroché el broche sin dudar. Mi piel blanca y sonrosada quedó al descubierto. Después de aquella palpación minuciosa, aún tenía las marcas de sus dedos en el pecho.

—Revíseme, por favor.

Esta vez, no se puso los guantes y sus manos ásperas se posaron sobre mi piel. Sin esa barrera, la sensación era mucho más intensa. Para no perder la compostura frente al doctor, incliné la cabeza hacia atrás y traté de soportarla.

Como solo pensaba en resistir aquella sensación, no me di cuenta de lo provocativa que era mi expresión a ojos del doctor.

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