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Capítulo 2

Penulis: Hipocrítico
Sus movimientos adquirieron otra intención y empezó a ejercer cada vez más fuerza. Me aferré con ambas manos al borde de la camilla y no pude evitar gritar.

—¡Doctor, me duele!

Si el doctor no me hubiera sostenido con ambas manos, ya me habría caído.

—Ya lo comprobé. No hay ningún problema; podemos pasar a lo siguiente.

Cuando me recuperé un poco, ya estaba tendida en la camilla. Las correas de sujeción de la camilla inmovilizaban mi cuerpo.

—¿Qué está haciendo?

La angustia de haber perdido el control de mi cuerpo me hizo forcejear.

—El examen ginecológico. Es una de las pruebas del examen médico, ¿no lo sabías?

Tomó el formulario del examen médico y señaló una de las pruebas. En efecto, estaba incluida, pero yo recordaba que habían dicho que las chicas no tenían que hacérsela.

—No estoy casada. No tengo que hacerme esta prueba.

Me miró fijamente y dijo con tono autoritario:

—¿Quién dijo que no estar casada te exime del examen? Todos deben hacerlo. ¿Quieres empezar a trabajar llena de enfermedades?

Aun así, seguía sintiendo que algo no estaba bien.

—No voy a hacerlo. Ya no quiero seguir.

No me hizo caso y se puso los guantes. Los guantes de látex estaban helados y cubiertos de abundante gel de exploración, resbaladizo y pegajoso. El doctor se tomó su tiempo. No me levantó la falda, pero pude distinguir su mano bajo la tela mientras subía poco a poco.

Mi respiración se aceleró. De pronto, su dedo frío entró sin encontrar resistencia gracias al gel. Si no hubiera estado atada a la camilla, habría dado un salto.

—Parece que hay un problema aquí. Tendré que examinarte bien.

Retorcí el cuerpo para escapar de aquella sensación aterradora.

—¡No!

Grité y le supliqué, pero ni así conseguí que se detuviera. Cuando lo hizo, no podía dejar de temblar por la intensa reacción que acababa de experimentar. Me mostró el dedo con gesto serio.

—Siento algo extraño aquí. Voy a usar otro instrumento.

—No, por favor. No quiero continuar con el examen.

Sacudí la cabeza y le supliqué. El doctor rechazó mi petición sin contemplaciones.

—Ya llegamos hasta aquí con el examen; no podemos detenernos.

Se quitó los guantes y presionó algún botón. La parte inferior de la camilla se elevó despacio y me alzó un poco las piernas.

Las pequeñas gotas de sudor daban a mis piernas un brillo frío bajo la luz incandescente; largas y torneadas de por sí, ahora se veían más hermosas.

Pareció pensar lo mismo y no pudo evitar acariciarme el tobillo. Ese día llevaba zapatillas de tacón con correas y no me las quité al recostarme. En ese momento, su caricia me angustió.

No supe en qué momento empezó a mirarme de aquel modo tan sombrío. Parecía una bestia que acechaba a su presa, a punto de devorarla. De pronto, corrió una cortina divisoria a la altura de mi cintura.

La cortina me impedía ver lo que ocurría por debajo de mi cintura y también ocultaba al doctor. No poder ver nada multiplicó mi angustia.

—¿Qué está haciendo?

—Es parte del procedimiento normal, para que no te pongas nerviosa al ver el equipo de revisión —explicó Fausto con paciencia.

Solo sentía que poco a poco quedaba expuesta. Me estremecí, pero no podía hacer nada. Me quitó el calzón sin vacilar y lo dejó colgado de mis tobillos.

Volvió a accionar la máquina para elevarme un poco más y comenzó a utilizar los instrumentos de revisión con lentitud. No podía soportarlo y solo me quedó suplicar con la voz quebrada por el llanto.

—Me duele mucho. Por favor, deténgase. Ya no quiero seguir con el examen.

—Resiste un poco más. Ya casi termino.

La cara del doctor también estaba cubierta de sudor. Traté de resistir, pero no pude contener el llanto. Al final, escuché que suspiró de satisfacción.

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