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Author: EmmaWrites
last update publish date: 2026-06-29 23:33:02

Jessy

La puerta del salón vibró suavemente bajo el leve tintineo del pomo. La parálisis inicial provocada por el pánico absoluto se transformó de inmediato en puro instinto de supervivencia. El peso de Mark sobre mi regazo, la humedad que goteaba por mis muslos y el olor a sexo y semen suspendido en el aire eran pruebas incriminatorias que nos destruirían a ambos en un segundo si mi madre cruzaba ese umbral.

—¿Jessy? ¿Estás ahí, cariño? —La voz de mi madre sonó justo detrás de la madera, acompañada por el roce de las bolsas de la compra.

Con un movimiento desesperado y silencioso, me deslicé fuera de su regazo. Mis piernas temblaron tanto que estuve a punto de caer sobre la alfombra. Agarré mi vestido de verano del suelo y, con los dedos torpes y sudorosos, me lo pasé por la cabeza en un intento frenético por cubrir mi desnudez. Mark, manteniendo una calma fría que resultaba casi aterradora, se levantó del sofá con la parsimonia de un depredador. Se subió los bóxers con un solo movimiento fluido y se pasó una mano por el cabello revuelto, transformando su expresión de una mueca de lascivia oscura a una máscara de perfecta neutralidad familiar.

—Sí, Amanda, estamos aquí —respondió Mark en voz alta, con una naturalidad pasmosa que me hizo dar un vuelco al corazón. Caminó hacia la puerta y la abrió apenas unos centímetros, bloqueando con su imponente cuerpo cualquier ángulo de visión hacia el interior de la sala en penumbra—. Jessy me estaba entregando la cena que le mandaste. Justo nos quedamos a oscuras porque estábamos revisando un fusible que parpadeaba.

A través de la rendija, la silueta de mi madre se relajó visiblemente.

—¡Ah, menos mal! Pensé que no había nadie con todo apagado. Qué bueno que Jessy te trajo la comida fresca, no quiero que pases tu primera semana aquí comiendo basura de la calle. Jessy, baja a ayudarme con las otras bolsas del auto cuando termines, ¿de acuerdo?

—Sí, mamá... ya voy —logré articular. Mi voz sonó extraña, ahogada, pero el ruido del pasillo y las prisa de mi madre parecieron camuflar mi agitación.

—No te preocupes, Amanda, yo la ayudo ahora mismo —intervino Mark, cerrando la puerta a sus espaldas mientras salía al pasillo, dejándome sola en la seguridad de las sombras.

Me quedé inmóvil, escuchando cómo sus voces se alejaban hacia la cocina. Mi mano bajó instintivamente hacia mi vientre; mis bragas estaban completamente arruinadas, empapadas de mi propia humedad mezclada con el fluido espeso y caliente que seguía escapando de mi interior. Tenía la boca pastosa, impregnada con el sabor salado e intenso de su liberación.

Apenas unos minutos después, aprovechando que ambos se encontraban distraídos en la cocina, salí de la sala a toda prisa y me encerré en mi habitación. El corazón me golpeaba las costillas con tanta fuerza que sentía dolor físico. Me arranqué la ropa sucia, la escondí en el fondo del armario y corrí al baño para abrir la ducha a máxima presión.

El agua caliente golpeó mi piel como agujas, pero por más que me frotara con el jabón, el eco de sus palabras seguía resonando en mi mente. *Zorrita. Puta ansiosa. Mi pequeña sobrina.* El contraste era brutal: la culpa me carcomía las entrañas, pero al cerrar los ojos y sentir el agua correr entre mis piernas, mi clítoris hinchado y sensible volvió a latir con fuerza. Recordé la presión de su garganta, la violencia de su agarre en mi cabello y la forma en que devoré cada centímetro de su acero ardiente.

Apoyé la cabeza contra los azulejos húmedos, mordiéndome el labio inferior para no gritar mientras mis propios dedos regresaban a buscar alivio en mi intimidad destrozada. Era una adicción destructiva. Sabía que Mark Moretti era un incendio forestal capaz de consumirme por completo, pero la adrenalina de pecar bajo el mismo techo donde mi madre preparaba la cena me empujaba inevitablemente al abismo.

### Mark

Me apoyé contra la encimera de la cocina mientras Amanda acomodaba los vegetales en la nevera, charlando animadamente sobre el tráfico y las guardias del hospital. La escuchaba asentir de forma mecánica, pero por dentro sentía que las paredes se me caían encima.

*¿Qué carajo he hecho?*

La pregunta se repetía en mi cabeza como un eco maldito. Había tomado a mi propia sobrina en el sofá, tratándola como a una cualquiera de los clubes de mala muerte de los que solía frecuentar. La había obligado a arrodillarse, la había hecho atragantarse con mi miembro y me había corrido en su boca inocente mientras la llamaba con los términos más degradantes posibles. Y lo peor no era solo el acto en sí; lo que me revolvía el estómago era recordar la mirada de Jessy: una mezcla de terror puro y una lujuria salvaje que respondía a cada una de mis provocaciones. Esos ojos hazel me habían mirado con una devoción corrompida que yo mismo había provocado.

—¿Te pasa algo, Mark? Te noto muy callado —dijo Amanda, sacándome abruptamente de mis pensamientos. Me miraba con genuina preocupación fraternal.

—No, nada, hermana —forcé una sonrisa, aunque sentía la mandíbula rígida—. Solo el cansancio del viaje y los papeleos de la nueva casa en la colina. Mañana tengo que supervisar la instalación de las cámaras de seguridad.

—Ya veo. Bueno, me alegra mucho que estés aquí. Jessy necesita una figura masculina fuerte en la casa, ya sabes que desde que su padre se fue ha estado muy distante. Aunque me alegra que hoy haya sido tan servicial contigo al llevarte la cena. Ella suele ser muy tímida.

Si tú supieras lo tímida que es tu hija en la oscuridad, pensé, sintiendo una punzada de asco hacia mí mismo. Mi miembro volvió a experimentar un leve cosquilleo ante el recuerdo de su boca pequeña rodeándome por completo, y tuve que apretar los puños dentro de los bolsillos para contener la reacción de mi cuerpo.

—Sí... es una buena chica —alcancé a decir, sintiendo que la palabra "perdone" se me atascaba en la garganta.

Esto tenía que acabar antes de empezar. El error con Carla y la confusión de identidades casi nos cuesta la vida y la familia esa misma noche. Mañana me mudaría definitivamente a la mansión de la colina, a diez minutos de distancia. Pondría tierra de por medio. No volvería a tocarla, no volvería a mirarla de esa manera. Tenía que enterrar al monstruo antes de que Amanda descubriera que el hermano al que había criado con tanto esmero ya había corrompido lo más sagrado de su hogar.

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