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Capítulo 4

Author: Circle Master
Los gritos de la manada me aturdían.

La multitud de lobos me rodeó, gritándome cada insulto que se les venía a la mente. Estaba a un segundo de mandar todo al carajo y largarme, cuando una mano de hierro inmovilizó mi brazo. La voz de un lobo sonó con la potencia necesaria para hacer vibrar hasta las vigas del techo.

—¡No te vas a mover de aquí! —bramó—. Si a la Luna Kate le pasa algo por tu culpa, vas a pagar las consecuencias con tu carne.

El silencio cayó sobre la manada tras su amenaza. Luego, se movieron al unísono como una jauría hambrienta. Alguien me tiró del pelo hacia atrás con fuerza mientras otro me inmovilizaba los brazos por la espalda.

—¿Cómo te atreves a atacar a la Luna Kate? —escupió un miembro de la manada—. Vas a parar al centro de sanación ahora mismo. Si ella no sale viva, tú vas a seguir el mismo destino.

Cuando llegamos al centro de sanación, Kate ya estaba en la cama, arropada con sábanas blancas. Por poco y de verdad me creí que se estaba muriendo.

Cole estaba sentado a su lado, acariciándole el cabello con una devoción que avivó mi odio por él. Ellos encajaban a la perfección, como si la Diosa Luna los hubiera esculpido a ambos para que fueran el uno para el otro.

Al notar mi presencia, toda la dulzura de la cara de Cole se fue a la basura para revelar a un desconocido que me odiaba más de lo que yo lo podía odiar.

—¡Wendy! ¡¿Cómo tienes el descaro de aparecerte por aquí?! —exigió saber—. ¡¿Tienes idea de lo cerca que estuvo de morir por tu culpa?!

Kate estaba pálida como un papel. En el segundo en que nuestros ojos se cruzaron, se llevó la mano al pecho y soltó un ataque de tos violento que parecía arrancarle los pulmones.

—Wendy... perdóname —gimoteó entre espasmos—. Todo esto es mi culpa por ser tan débil...

Le dediqué una mirada asesina y luego clavé mis ojos en Cole.

Mi frialdad bastó para que el Alfa se interpusiera frente a ella por instinto. Esa forma de protegerla y su mirada me volvieron a golpear en el alma, incluso ahora que ya lo había soltado. Era un dolor viejo y se sentía como si me ahogara poco a poco. Me costaba respirar al verlos. Las emociones no me permitían pensar con claridad.

No entendía qué había hecho mal. Había sido leal. Había entregado mi vida entera. ¿Y esto era el pago? Inhalé aire con lentitud y recuperé el control de mis emociones.

—No tienes por qué pedir perdón. Hoy es el día de su ceremonia —dije con voz neutra—. Me alegro por los dos. Espero que sean muy felices.

Las palabras apenas habían abandonado mis labios cuando Cole se plantó frente a mí, ignorando el ruido de la tos de Kate, y me apresó la muñeca. Su agarre fue brutal. Un grito ahogado se me escapó de la garganta. Sus ojos ardían de rabia.

—¿Felices? —siseó—. ¿Acaso viniste a atormentarnos, Wendy? ¿Ella estaría al borde de la muerte si no existieras?

La manada no tardó en sumarse al ataque.

—La Luna Kate estaba muy bien antes de que llegaras —dijo uno de los lobos—. Apenas pusiste un pie en nuestra manada y ahora ella se está muriendo, ¿y eres tan caradura de decir que vienes a desearles el bien?

Las voces subían de tono, más cerca de la histeria que de la razón.

Detrás de la espalda de Cole, los ojos de Kate brillaban, felices. Me miraba con la expresión de alguien que disfrutaba el espectáculo. En el pasado, mi orgullo y mi posesividad eran un secreto a voces. Me había lanzado contra manadas enteras solo por una mirada de más hacia Cole. Había humillado en público a cualquier loba que se atreviera a dirigirle la palabra.

Mi orgullo nunca permitió que nadie tocara lo que era «mío».

Todos en esa habitación esperaban que perdiera el control. Cole parecía listo para someterme a la fuerza. Pero se equivocaban. Lo único que sentía por él era una repulsión hasta los huesos.

Me quedé firme en medio de la multitud y asentí con un movimiento corto y silencioso. Mi voz no tenía ni un rastro de emoción.

—Tienen razón. No debí venir. Fue un error de mi parte —concedí—. Así que, ¿puedo irme ya?

Nadie lo vio venir.

La mano de Cole, que ya estaba alzada para retenerme, se congeló en el aire. Se quedó paralizado, mirándome como si fuera un bicho raro.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó, totalmente desconcertado.

—Dije que lamento la interrupción. Me largo —repetí—. Y me voy a llevar mis cosas conmigo.

Hubo una pausa eterna. Cole tardó en procesar la información.

—¿Qué cosas? —preguntó.

Metí la mano en mi bolso, saqué el libro de contabilidad de la manada y lo dejé caer sobre la mesa frente a todos.

—Proporcioné todo lo que hay aquí en mi calidad de futura Luna. Dado que ya no ocupo ese lugar, me lo llevaré todo de vuelta —sentencié.

La primera en pegar un grito de pánico fue Kate.

—¡No!

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