Héctor respiró aliviado al escucharla.—Entonces, qué bueno, qué bueno que no te hicieran pasar un mal rato. Después de todo, esto fue culpa de los Cisneros. Si entran en razón, perfecto, pero si no…Héctor gruñó.—Por más inútil que sea, daré la cara por ti. No voy a dejar que te pisoteen.—Si vas a hablar, habla, pero ¿para qué gritas así?Graciela salió ella misma con otro plato y, al ver a Héctor hablando tan alto, lo miró con desaprobación y lo regañó.Héctor le tenía miedo a su esposa, aunque más que miedo era cariño y respeto. Dejó escapar una risita.—Sí, sí, sí, me emocioné un poco. No te enojes.Solo entonces Graciela lo dejó en paz y le acercó el plato a Vanessa. Vanessa ya no podía más; puso cara de agobio.—Tía, con esta comida subo por lo menos tres kilos.Graciela era una mujer de buen corazón y dulce, casi nunca se molestaba por nada.—Mejor sube unos kilos. Mírate, últimamente estás muy flaca. De ahora en adelante ven una vez por semana a comer a la casa, para que te a
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