Siempre he sido muy friolenta. En invierno, por más cobijas que usara para dormir, pasaba la noche entera con las manos y los pies helados.Por aquel entonces, los íncubos se habían puesto de moda en internet. Tenían aspecto humano, se comportaban como perritos, hacían los quehaceres y calentaban la cama.Como el invierno estaba por llegar, decidí comprar uno para ver qué tal.Pero un íncubo no era un objeto cualquiera. Era un ser vivo y, si lo compraba, tendría que responsabilizarme de él para toda la vida. No podía usarlo y abandonarlo después. Era un ser vivo, no un juguete.Por eso actué con mucha cautela. Antes de comprarlo, busqué toda la información que pude en internet. Sin embargo, debido a las restricciones de las plataformas, las tiendas y los compradores evitaban explicar de forma explícita cómo se alimentaban los íncubos. Todo estaba escrito con eufemismos que yo, por falta de experiencia, interpreté de manera literal. Las reseñas decían:"Criar a un íncubo es como tener u
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