Myosotis
Le dediqué treinta años de mi vida a Julián Marchetti después de que terminó la guerra.
Construí su imperio, crié a nuestros hijos y mantuve unida a la familia desde las sombras.
Pero, cuando murió, su testamento ni siquiera mencionaba mi nombre.
La mitad de su fortuna fue para nuestros hijos. La otra mitad, para Lidia Carter, la hija del hombre que le había salvado la vida en Normandía.
La misma mujer que había robado mi identidad y construido toda su vida sobre las ruinas de la mía.
Lo único que me dejó fue una simple nota, garabateada con su inconfundible caligrafía: «Te amé. Tuvimos treinta años maravillosos. Pero le debo demasiado a Lidia. Esto es lo mínimo que puedo hacer por ella.»
Caí muerta de un ataque al corazón ahí mismo, en su estudio, aferrada a ese patético pedazo de papel.
Cuando volví a abrir los ojos, había vuelto a 1945, justo cuando la guerra acababa de terminar.
Esta vez no iba a reprimir mi rabia ni a sufrir en silencio. Estaba decidida a defenderme y a reclamar todo lo que legítimamente me pertenecía.