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Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Cinco años después de mi muerte, mi esposa, la médica Elba Latapí, quiso volver a endilgarme la culpa de un caso de negligencia médica para encubrir a su primer amor. Con un documento falsificado en la mano, se plantó en mi antiguo departamento, pero solo encontró el lugar cubierto de polvo. Entró en pánico y bajó corriendo a preguntarle a Julio Melgar, el dueño de la tienda de abajo, por mi paradero. Pero él le respondió: —¿Antonio Alcayaga? Murió hace cinco años. La familia de la víctima de aquel caso de negligencia médica lo acorraló ahí y le dio más de diez puñaladas. Elba no le creyó. Estaba convencida de que yo había sobornado al dueño del local y de que él estaba mintiendo para cubrirme. Rodó los ojos, curvó los labios con desprecio y resopló: —¿Así que ahora, solo porque lo suspendieron por dos años, me sale con este teatrito? Dile que, si no aparece en tres días, dejaré de pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana. Después de soltar esas palabras, se fue entre maldiciones y azotó la puerta al salir. El dueño la vio alejarse, negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro. —¿Qué hermana? Ella ya murió hace muchísimo tiempo… porque no tenían dinero para costear el tratamiento.
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Ya no quedan cristales, Alfa

Ya no quedan cristales, Alfa

Durante sesenta y seis noches de luna llena, el Alfa Zephyr me colmó de elaborados rituales de cortejo, suplicándome que aceptara ser su compañera. En la sexagésima séptima… finalmente dije que sí. La noche en que consagramos nuestro vínculo de apareamiento, le entregué una bolsita encantada con sesenta y seis cristales de luz de luna. Hicimos un trato: cada vez que rompiera mi corazón, yo aplastaría uno. Ese era el precio de mi perdón. En los seis años desde que nos unimos, rompió mi corazón una y otra vez por su amiga de la infancia, Chloe. Y cada vez… yo aplastaba un cristal. Cuando el cristal número sesenta y cuatro se convirtió en polvo, Zephyr por fin pareció notar que algo no estaba bien. Dejé de decirle que mantuviera su distancia con Chloe. Dejé de necesitar que estuviera a mi lado. Pero cuando intentó dejarme por esa Omega una vez más, lo sujeté del brazo. —Vas a ir con ella… ¿Debería aplastar otro cristal por esto? Zephyr se quedó inmóvil, con el cansancio reflejado en el rostro. —Haz lo que te dé la gana. De todos modos, te quedan muchos. Solo asentí, observando su espalda mientras desaparecía. Él todavía creía que los cristales de luz de luna eran infinitos. No tenía idea… de que solo quedaban dos en la bolsita.
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La Traición del Juego Final

La Traición del Juego Final

Todos los empleados de la empresa, incluida yo, fuimos arrastrados a la fuerza a un juego extraño. Al principio, el título que apareció en pantalla fue: "Guerra vegetal". Todos se lanzaron a escoger campamentos al aire libre o refugios seguros con agua de sobra. Solo yo escogí un departamento prefabricado de plástico en el piso veinte de una ciudad desértica abandonada, sin agua ni electricidad. Mi jefa se burló de mí frente a todos, diciendo que no tenía ni dos dedos de frente. Nadie quiso formar equipo conmigo. Incluso apostaron a que no aguantaría ni tres días antes de morir. Cuando llegó el momento de elegir habilidades, todos se pelearon por habilidades prácticas, como la teletransportación, el inventario infinito o el control limitado de metales. Yo, en cambio, elegí la fotosíntesis inversa: una habilidad capaz de convertir la humedad del aire en energía y mantener las funciones vitales básicas. Muy pronto, Alejandro usó sus permisos de administrador para silenciarme en el grupo de chat. Era evidente que ni siquiera querían darme la oportunidad de enviar mis últimos mensajes suplicando ayuda antes de morir. Pero cuando el sistema cerró la fase de preparación y desactivó los permisos de administrador, todos se quedaron helados. La interfaz se reinició. El nombre del juego había cambiado. Ahora se llamaba "Apocalipsis magnético".
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Renací y Dejé de Amarte

Renací y Dejé de Amarte

Al enterarse de que Bruno Muñoz, su primer amor, había muerto, mi esposa de mi vida anterior, con quien estaba de luna de miel a bordo de un crucero, se lanzó por la borda y se quitó la vida. Fue entonces cuando entendí que ella nunca había logrado olvidar a Bruno. Cuando volví a nuestros años de juventud, ella me soltó la mano sin dudarlo y caminó directo hacia Bruno. Los vi alejarse y luego me di la vuelta. Desde ese momento, nuestras vidas serían como dos líneas paralelas que jamás volverían a cruzarse. Diez años después, nos reencontramos en una recepción en San Camilo. Ella ya se había convertido en una figura emergente de la alta sociedad y apareció del brazo de Bruno, mostrándose muy cariñosa con él. Al verme entrar a la recepción buscando a alguien, no pudo evitar soltarme: —¿Por qué sigues tan aferrado a mí? Aunque lleves diez años esperándome, jamás voy a enamorarme de ti. No le hice caso. Solo fui a un rincón y saqué de ahí a mi hijo, que estaba comiéndose a escondidas un pedazo de pastel. De pronto, a Ximena se le llenaron los ojos de lágrimas y me tomó la mano con fuerza. —Lo haces para provocarme, ¿verdad? ¿No dijiste que en esta vida solo me amarías a mí?
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Prefieres A Tu Amor Ideal, No Seré La Madrastra De Esta Familia Rica

Prefieres A Tu Amor Ideal, No Seré La Madrastra De Esta Familia Rica

Valeria Herrera, la hija querida de una familia poderosa. Desafió a toda su familia para casarse con Sebastián Jiménez, un soltero que ya cargaba con dos hijos y una empresa en ruinas. Durante seis años de matrimonio, amó a los niños como una madre biológica e impulsó la carrera de Sebastián. Los niños crecieron obedientes y cariñosos, y la empresa de Sebastián terminó cotizando en bolsa. Pero justo cuando celebraban su ascenso social, apareció de repente la madre biológica de los niños. Sebastián, siempre tan calculador, perdió completamente la cabeza rogándole que se quedara, humillando públicamente a Valeria. Esa noche desapareció con sus hijos para reunirse con su antiguo amor. Después, Sebastián llegó con los papeles de divorcio: —Gracias por tus años de esfuerzo, pero lo que los niños necesitan es a su madre biológica. La madre biológica añadió: —Gracias por cuidar a mis hijos, pero una madrastra nunca podrá compararse con la madre de verdad. El mérito de criar no cuenta tanto como el de dar la vida. ¡Pues entonces Valeria ya no quería ser madrastra! Pero los niños no aceptaron a su madre biológica ni a su padre. Incluso declararon: —¡Valeria es nuestra única mamá! Si se divorcian, nos iremos con ella aunque tenga que casarse de nuevo!
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Alfa, nunca me dejes ir

Alfa, nunca me dejes ir

Todos me envidiaban. Una huérfana que se había convertido en la Luna del Alfa más poderoso del Territorio del Sur, Cain. Durante los tres años de nuestro apareamiento, él me trató como si yo fuera el centro de su mundo. Entonces Serena, su amor de la infancia, rompió el vínculo con su anterior compañero y regresó a nuestra manada. Cain comenzó a patrullar el territorio todas las noches, regresaba a casa cada vez más tarde. Ni siquiera me preguntó antes de mudar a Serena a nuestra casa de la manada. —Su excompañero la ha estado acosando. Ella y yo crecimos juntos, ¿cómo podría quedarme de brazos cruzados y dejar que alguien la amenace? Serena pasaba todo el día en lencería, recostada sobre Cain. Los dos hojeaban fotos viejas, recordando la vez que Cain se metió en una pelea porque un lobo había estado coqueteando con ella. No dije ni una palabra. Guardé silenciosamente la prueba de embarazo y le traje a Cain un tazón de “tónico calmante.” Él lo bebió sin dudarlo. Lo que no sabía era que se trataba de una poción de bruja, una que podía romper a la fuerza un vínculo entre compañeros. Haría efecto en la próxima luna llena. Cuando terminé, hice una llamada telefónica. —Alfa Ethan, estoy lista para ir al Territorio del Norte. Ven por mí.
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La Donna que el Mafioso Traicionó

La Donna que el Mafioso Traicionó

Jamás olvidaré el frío despiadado de las aguas del Río Veyra. En mi vida pasada, yo era Darlena Valentino, la futura Donna de la familia Marcus, pero mi prometido, Reed Marcus, y mi prima Alice Bennett se aliaron para traicionarme. Me arrebataron mi lugar y se adueñaron de los recursos de mi familia. Al final, en plena guerra entre familias, me empujaron al borde de la muerte y me usaron como escudo. En el instante en que la bala me atravesó el pecho, vi a Reed protegiendo a Alice con todas sus fuerzas. Y Richard Corleone, mi amigo de la infancia, el hombre que siempre me había acompañado en silencio, perdió la razón y corrió hacia mí, abrazando mi cuerpo inerte mientras rugía de desesperación. Creí que aquello era un amor que había llegado demasiado tarde. Por eso, después de renacer, eché a Reed de mi vida sin dudarlo y me casé con Richard, convirtiéndome en la Donna de la familia Corleone. Pensé que por fin me había salvado, pero nunca imaginé que el destino me guardaba una crueldad aún mayor. Porque esos dos hombres, en el fondo, siempre habían amado a la misma mujer. Si al final todo iba a ser así, entonces yo también me bajaría de esta farsa llamada amor.
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La segunda vida de la despreciada Donna

La segunda vida de la despreciada Donna

Desperté, y tenía 28 años otra vez. Tenía dos herederos gemelos, y mi esposo era Santino, el Don de la mafia más temido de Veridia. Presidía la Comisión de las Cinco Familias. Su perfil afilado había sido portada de la revista más exclusiva del inframundo durante varios números consecutivos. Hasta las familias Valerianas más antiguas hacían fila para ofrecerle a sus hijas. Todas las mujeres de Altoria envidiaban mi buena suerte. Pero lo primero que hice al despertar fue tomar los papeles del divorcio —la tinta todavía fresca— y entregárselos a Jessy, el amor de su infancia. —Mi abogado se encargará del divorcio. Las propiedades y los bienes son tuyos. Santino es tuyo. Los niños también. Jessy, sentada frente a mí, no podía creerlo. Sus ojos estaban abiertos de par en par. —¿Estás loca, Alessia? ¿Esto es algún tipo de trampa? —¿Cómo puede ser que la mujer que llevó seis años siendo Donna lo suelte todo tan fácilmente? Bajé la mirada, con voz serena. —Ya que todos te prefieren a ti, decidí que era hora de hacerme a un lado. Haz que Santino lo firme y estampe su anillo de sello en la cera. —Una vez que el divorcio sea oficial, abandonaré Veridia para siempre. Esta vez no cometería el mismo error. Nunca más volvería a ser una Donna solo de nombre.
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El mensaje que al fin comprendí

El mensaje que al fin comprendí

En mi cumpleaños, salí a comer con mi familia. Pedí un deseo con la esperanza de que estuviéramos juntos y felices para siempre. Al abrir los ojos, vi a mi hijo, Luigi Marino, sosteniendo su tableta. En la pantalla aparecía un mensaje: "Papá, Maria dice que está embarazada de tu bebé. ¿Voy a tener una nueva mamá?" Giovanni Marino me estaba tomando fotos con una Polaroid. Miró la pantalla de reojo y escribió una respuesta al reverso de la foto. "No. Le prometí a tu mamá que, si alguno de los dos traicionaba al otro, desaparecería de su vida para siempre. No puedo vivir sin ella. Así que tienes que ayudarme a mantener esto en secreto. Aunque Maria tenga ese bebé, nunca aparecerán ante tu mamá". Después de escribir eso, me miró y preguntó con ternura: —¿Qué te pasa, amor? ¿Por qué tienes los ojos rojos? ¿Te los irritó el humo de las velas? Mis lágrimas estuvieron a punto de caer, pero forcé una sonrisa y respondí: —Estoy bien. El regalo de cumpleaños que me prepararon es maravilloso. Me conmovió tanto que no pude evitar llorar. Él no sabía que mi dislexia había desaparecido una semana antes. Parecía que ya no tenía que seguir pensando en si aceptar la oferta de trabajo de una prestigiosa organización internacional sin fines de lucro dedicada a enseñar a leer a niños con dislexia. En siete días, todo el papeleo estaría listo. En ese momento, desaparecería para siempre de sus vidas.
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Mi Amor, La Condena del Alfa

Mi Amor, La Condena del Alfa

Después de que su alma gemela muriera, el Alfa Killian Thorne pasó diez años guardándome rencor. Yo era la sanadora Omega que él nunca quiso, unida a él por deber, no por amor. Para él, yo era un remplazo. Una cicatriz en una unión que ninguno de los dos pidió. No importaba con cuánto esmero sanara sus heridas, ni con cuánta devoción permaneciera a su lado, lo único que me decía era: —Si en serio quieres complacerme, entonces vete. Pero cuando la muerte vino por nosotros, no fui yo quien cayó. Fue él. Mientras se desangraba en mis brazos, Killian me miró por última vez y susurró: —Ojalá nunca te hubiera conocido… En el funeral, su madre lloraba. —Debió quedarse con Selena. Nunca debí permitir que se fuera contigo. Su padre me quería matar con la mirada. —Te salvó la vida tres veces. ¿Por qué se tuvo que morir él y no tú? Todos lamentaban que se hubiera emparejado conmigo. Incluso yo lo lamentaba. Me expulsaron de la manada sin nada. Sin título. Sin la compensación de una Luna. Sin un hogar al que pudiera llamar mío. Y entonces… quizá la Diosa Luna se apiadó de mí. Me dio una última oportunidad para reescribir el destino. Esta vez, no suplicaré por su amor. Esta vez, no lo ataré al dolor. Esta vez, romperé el vínculo antes de que empiece. Ya podía escuchar los engranajes del destino girando, y esta vez, yo daría el primer paso.
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