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Ya no quedan cristales, Alfa

Ya no quedan cristales, Alfa

Durante sesenta y seis noches de luna llena, el Alfa Zephyr me colmó de elaborados rituales de cortejo, suplicándome que aceptara ser su compañera. En la sexagésima séptima… finalmente dije que sí. La noche en que consagramos nuestro vínculo de apareamiento, le entregué una bolsita encantada con sesenta y seis cristales de luz de luna. Hicimos un trato: cada vez que rompiera mi corazón, yo aplastaría uno. Ese era el precio de mi perdón. En los seis años desde que nos unimos, rompió mi corazón una y otra vez por su amiga de la infancia, Chloe. Y cada vez… yo aplastaba un cristal. Cuando el cristal número sesenta y cuatro se convirtió en polvo, Zephyr por fin pareció notar que algo no estaba bien. Dejé de decirle que mantuviera su distancia con Chloe. Dejé de necesitar que estuviera a mi lado. Pero cuando intentó dejarme por esa Omega una vez más, lo sujeté del brazo. —Vas a ir con ella… ¿Debería aplastar otro cristal por esto? Zephyr se quedó inmóvil, con el cansancio reflejado en el rostro. —Haz lo que te dé la gana. De todos modos, te quedan muchos. Solo asentí, observando su espalda mientras desaparecía. Él todavía creía que los cristales de luz de luna eran infinitos. No tenía idea… de que solo quedaban dos en la bolsita.
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Perseguida por Nikolas Ardolf

Perseguida por Nikolas Ardolf

Brooklyn Davis, de diecinueve años, trabaja como camarera en un exclusivo restaurante del centro de Chicago. Dos días atrás, su hermano gemelo, Brandon, desapareció dejando solo un mensaje en el que le pedía que no se preocupara por él. Desde entonces, la vida de Brooklyn se convierte en un inquietante dilema cuando comienzan a suceder cosas extrañas en su lugar de trabajo. Un par de ojos color avellana la observa y la acecha todos los días, cada minuto. ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué la mira constantemente? ¿Y cómo podrá Brooklyn librarse de él? A los veintinueve años, Nikolas Ardolf es un hombre duro, arrogante y despiadado que solo cree en dos cosas: los negocios y el dinero. Abandonado en las calles al nacer, tuvo una infancia marcada por la crueldad y la supervivencia. Todo cambió cuando fue recogido por el implacable anciano Daniel Ardolf, soltero y único propietario de Ardolf Winery. Nikolas odia a las mujeres después de haber sido traicionado por su propia madre. Entonces, ¿por qué acecha a la inocente Brooklyn todos los días? ¿Qué es lo que realmente quiere? ¿Y por qué no puede mantenerse alejado de ella? Lee esta apasionante historia de amor, llena de giros inesperados y momentos intensos, para descubrir cómo Nikolas Ardolf persigue a Brooklyn. ¿Conseguirá finalmente lo que desea?
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Matrimonio Abierto, Corazón Cerrado

Matrimonio Abierto, Corazón Cerrado

Mi esposo, Damien Falcone, tenía noventa y nueve amantes. Y yo era la princesa de la mafia por la que los hombres hacían fila para ofrecerme su vida. El día que empezamos a salir, todos en nuestro grupo hicieron apuestas. Decían que no duraríamos ni tres meses. Pero entonces, todo cambió. Por mí, bloqueó a todas de su celular, construyó una mansión y se arrodilló para pedir mi mano. Luego, en nuestra noche de bodas, me dijo que quería un matrimonio abierto. —Podemos estar con otras personas, si queremos. Pero la lealtad… es solo para nosotros. Acepté. Y entonces apareció su amante número cien, Sophia Ricci. Traicionó a nuestra familia en un trato de armas. Casi le cuesta la vida a mi padre. Pero Damien la protegió. Incluso la metió a vivir en nuestra casa. Así que hice lo que cualquier princesa de la mafia con el corazón roto haría: me emborraché y desperté en la cama de otro. Lo que no sabía era que ese hombre era el tío de Damien.
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Muerta para Él, Libre para Mí

Muerta para Él, Libre para Mí

Cuando descubrí que estaba embarazada, Miguel Michaus gastó una fortuna en contratar a un médico de renombre para que me prescribiera medicamentos para proteger al bebé. Él, que jamás fue creyente, se arrodilló en una iglesia durante horas, rogando que yo pudiera dar a luz sana y salva. —Amor, has sufrido mucho. Cuando nazca el bebé, te lo voy a compensar como te lo mereces. Ese mismo día, por accidente, contesté una llamada en su lugar. —Señor Michaus, tal como indicó, a los medicamentos de la señora ya se les añadió el fármaco esterilizante. Cuando llegue el momento, el bebé nacerá sin vida. En cambio, el hijo de la señorita López está perfectamente sano; nacerá sin complicaciones y se convertirá en el heredero del Grupo Michaus. La señora Santerbás no notará nada, ni se dará cuenta; no se verá afectada su relación con usted. Esté tranquilo. Bajé la mirada hacia mi vientre abultado. Jamás imaginé que su amor fuera tan falso. Así que ya no tenía nada que me retuviera. Firmé los papeles del divorcio y elegí marcharme.
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El Disparo Que Me Devolvió La Vida

El Disparo Que Me Devolvió La Vida

Cuando cumplimos tres años de casados, recibí una invitación para la boda de mi esposo; la novia era mi prima, Lina. Seguí la dirección que venía en la invitación y volé a Estados Unidos. Sin embargo, en cuanto llegué, vi a mi marido, Marco, el Don más joven de Italia, abrazando a Lina por la cintura mientras brindaban juntos. Varios fuegos artificiales estallaron en el cielo formando los nombres de los dos. Dentro de la capilla, sus hombres se reían y bromeaban. —En Italia se casó con Aurora y en Estados Unidos se va a casar con Lina. ¡El Don sí que sabe cómo quedarse con lo mejor de los dos mundos! —¿No que no sentía nada por Lina? La voz de Marco se escuchó por encima del ruido: —Al principio, en serio que no sentía nada por ella. Para mí era solo una niña, pero me buscó durante años. Nunca le importó que la ignorara, e incluso se quedó a mi lado los dos años que estuve paralítico, cuidándome. Aunque nunca la dejé entrar a mi corazón, no podía ignorarla para siempre. Los dos años que estuvo paralítico... Así que durante ese tiempo, mientras yo estaba en el desierto, comiendo tierra y durmiendo a la intemperie, luchando contra el cansancio solo para conseguir esos extractos medicinales raros para curar su columna herida, mi esposo había empezado un romance con mi prima. Me limpié las lágrimas, saqué los papeles del divorcio que Marco había firmado cuando recién se lastimó y puse mi firma. Si mi dedicación no vale nada comparada con que alguien esté ahí a su lado, no necesito a un hombre que puede traicionarme tan fácil.
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Renací Y Me Río Viendo A Mi Amiga Y Mi Mestizo

Renací Y Me Río Viendo A Mi Amiga Y Mi Mestizo

Mi amiga, Sofía Santos, la misma que siempre juró que jamás se casaría, me acompañó a la clínica el día de mi inseminación artificial. Pero justo cuando estaba por elegir la muestra de esperma... ¡me la robó! En ese instante lo entendí: ella también había vuelto a vivir. En mi vida anterior, yo solo quería tener un hijo mestizo, así que decidí hacerlo por mi cuenta. Recuerdo que Sofía se burlaba de mí, diciéndome que era una tonta por querer tener un hijo de un desconocido. Lo que nadie imaginó fue lo que vino después: dos semanas más tarde terminé en la corte real. Resultó que el donante que había elegido era, nada menos, que un príncipe extranjero. No solo quiso casarse conmigo, sino que juró que nuestro hijo heredaría el trono. De repente, mi hijo y yo nos convertimos en figuras importantes de la familia real. Las joyas que me regalaban pesaban tanto que apenas podía sostenerme de pie. Mientras tanto, Sofía, tan obsesionada con sus ideas de liberación y ese afán de ir siempre contra todo, terminó metiéndose con la gente equivocada. La despidieron de su trabajo y quedó vetada de la industria. Cuando se enteró del bautizo de mi hijo, viajó desesperada para buscarme. Pero en cuanto la recibí, hizo lo impensable: empujó a mi hijo al suelo, matándolo al instante, y luego me arrojó ácido. —¿Por qué a ti te va tan bien? —gritaba—. ¡Eres una maldita desgraciada, no lo mereces! Cuando volví a abrir los ojos, estaba otra vez en el mismo día... el día en que Sofía me acompañó a la clínica.
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Cuando la novia se cansó de esperar

Cuando la novia se cansó de esperar

Mi padre viajó desde Italia solo para presenciar mi primera boda. Vio con sus propios ojos cómo Luca Romano me soltaba la mano diez minutos antes de pronunciar los votos, todo porque Celeste llamó diciendo que no podía respirar. Ese día, el señor Moretti no gritó. Se limitó a decirme: «Tómate el tiempo que te haga falta. Pero cuando por fin entiendas que él jamás te elegirá en el altar, regresa a casa». En aquel entonces, pensé que mi padre no entendía de amor. Por eso decidí quedarme en Nueva York. Le di a Luca siete bodas. Siete desplantes. Cada una de las veces regresaba con flores, disculpas y una nueva fecha para el compromiso. «Elena —me repetía siempre—, esta es la última vez». Con los años, hasta sus amigos dejaron de disimular las burlas a mis espaldas. «Ella no se va a ir —decía uno de ellos—. Solo quiere que él le ruegue un poco más». Yo me habría quedado por un amor de verdad. Pero no iba a desgastarme por un hombre que solo se acordaba de mí después de haber elegido a otra. Ahí fue cuando por fin abrí los ojos: él había confundido mi devoción con un refugio seguro al que podía volver cada vez que se le antojara. La mañana de nuestra octava boda, guardé el anillo de compromiso en una caja de terciopelo blanco. En ese preciso instante, mi teléfono sonó. Era mi padre. —El helicóptero está listo —anunció. En el altar, Luca aguardaba por mí con la alianza de matrimonio en la mano. Solo que esta vez, decidí dejarlo esperando para siempre.
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Noventa y Nueve Brazaletes de Esmeralda y un Divorcio

Noventa y Nueve Brazaletes de Esmeralda y un Divorcio

Cada vez que mi esposo me era infiel, me regalaba un brazalete de esmeralda. En cuatro años de matrimonio, reuní noventa y nueve brazalete. Lo perdoné tantas veces. Esta vez se fue de viaje tres días. Al volver, me trajo una con esmeraldas AAAA, valuado en millones. Entonces lo supe: era hora de pedir el divorcio.
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La Principessa sin Memoria

La Principessa sin Memoria

En el inframundo de Corvona existe una regla tácita: cuando un Don mantiene a una mujer nueva a su lado durante tres meses consecutivos, la Donna debe quitarse el anillo que simboliza su poder y ponérselo a ella en el dedo frente a toda la familia. Cuando mi esposo, Luca, el Don de la familia Bellini, anunció que se llevaría a Mia a un viaje de negocios de tres meses, los bajos mundos de Corvona esperaron que yo sufriera un colapso nervioso. Llevaba siete años junto a Luca Bellini. Lo seguía a todas partes, rehusándome a apartarme de su lado. Incluso me despertaba a mitad de la noche para tocarlo, necesitando comprobar que seguía allí para poder sentirme segura. Todos conocían mi profundo apego y apostaban a que jamás lo dejaría ir. Pero cuando Mia me tendió la mano, y habló con una voz que destilaba dulzura, no derramé ni una sola lágrima. Con total calma, me saqué el anillo grabado con el blasón familiar y se lo deslicé por el dedo anular. Luca, recostado en el sillón de cuero a la cabecera de la mesa, agitó el whisky en su vaso, con la satisfacción destellando en sus fríos ojos azules, y dijo: «Elara, por fin aprendiste cuál es tu lugar». Bajé la vista a mi dedo desnudo y no dije nada. Lo que Luca ignoraba era que, un mes atrás, había recuperado siete años de recuerdos perdidos. No era ninguna huérfana callejera, sino la Principessa perdida de la familia Rossi, la más poderosa de Old World. Y en tres días, el convoy armado de mi hermano irrumpiría en Corvona para llevarme a casa.
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Embarazo y Explosión: Él Enloqueció

Embarazo y Explosión: Él Enloqueció

Giorgo Romero, el Don de la familia Romero, cayó en una emboscada tendida por un demente suicida que llevaba explosivos atados al cuerpo. Cuando eso ocurrió, mi esposo, Fabio López, y sus hombres ya se habían marchado a un desfile de moda con su amor de la infancia, Reina Digiorno, para escoltarla y protegerla allá. En lugar de presionar el botón de señal en mi anillo, me lancé hacia Giorgo a pesar de estar a punto de dar a luz. Así, con mi propio cuerpo, lo protegí de la explosión. Sin embargo, en mi vida anterior, sí había presionado el botón. Fabio había dejado plantada a Reina para regresar corriendo a la escena y salvarle la vida a Giorgo. Gracias a ese mérito, lo ascendieron al puesto de subjefe. Pero Reina se enfureció con Fabio por abandonarla antes de tiempo y, por pura rabia, cruzó la autopista sin mirar a los lados. Así fue como la atropellaron y murió. Fabio no dijo nada… pero el día en que entré en trabajo de parto, me mandó a una casa de subastas clandestina. —¡El Don tenía a tantos soldati protegiéndolo! ¿Por qué me obligaste a volver, entonces? ¿No es porque solo querías la gloria de ser la esposa del subjefe? ¡Si no fuera por ti, Reina no habría muerto! ¡Debes sufrir mil veces lo que ella sufrió! Yo solo podía mirar cómo los invitados pujaban por mis órganos, uno por uno. Ni siquiera el cordón umbilical de mi recién nacido se salvó de la subasta. Al final, morí por una infección que se produjo mientras me arrancaban los órganos. Cuando volví a abrir los ojos, había regresado al día en que emboscaron a Giorgo.
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