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Mi Esposa, La Estrella OF

Mi Esposa, La Estrella OF

Me llamo Tomás Mora. En Semana Santa tenía pensado irme de luna de miel a la playa con mi esposa. Nunca imaginé que la mejor amiga de mi esposa también quisiera venirse con nosotros. Y lo más absurdo fue que en el hotel solo quedaba una habitación con cama matrimonial.
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Bebiendo La Cura Viscosa De Mi Deformidad

Bebiendo La Cura Viscosa De Mi Deformidad

—¿Por qué tienes un bulto ahí abajo? No se parece en nada a lo mío. Lucy, mi vecina de dieciocho años, me miraba con curiosidad esa parte del cuerpo. Había algo en su mirada que delataba un deseo, aunque ella no entendiera lo que estaba sintiendo. Yo fingí no entender. —¿Dices que no se parece? Enséñame cómo es el tuyo. No esperaba que lo hiciera sin dudarlo; de pronto, se bajó su minifalda blanca y me mostró su piel blanquísima. —Mira, aquí yo estoy plana, no tengo nada.
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Los Sabrosos Melonis de La Verdad

Los Sabrosos Melonis de La Verdad

—Por favor… Dámelo, me arde mucho ahí abajo, el calor me está matando... ven... Por las escaleras de emergencia del edificio, en penumbra, miré a esa vecina guapa con la cara encendida y se me aceleró el pulso. Quise dar el paso para ayudarla, pero vacilé, y de pronto ella abrió las piernas frente a mí... Al ver lo mojada que estaba, ya no pude contenerme...
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Chiquita Pero Tragona

Chiquita Pero Tragona

—¡Ay, qué duro!... como que ya te urgía, ¿no? Esa noche de San Valentín, mi amigo, su esposa y yo regresábamos al pueblo en auto. Lo que no esperaba era que su esposa, medio dormida, me confundiera. Su mano suave me acariciaba los muslos duros como piedra, una y otra vez. Y de vez en cuando frotaba sus meloncitos blancos contra mí: —Amor... juega con tu zorrita. ¿Cómo iba a aguantarme al escuchar eso?...
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Revisión Profunda

Revisión Profunda

—Te lo ruego, si no llamas a la policía ni le dices a mi papá, yo… yo haré lo que sea. Cuando trabajaba en la tienda, instalé una cámara oculta encima de los estantes para atrapar ladrones. Para mi sorpresa, la primera en caer fue una universitaria de aspecto inocente y figura espléndida. La llevé a la bodega para hacerle un cacheo. Durante el cacheo, la suavidad de sus pechos me encendió de golpe. Lo más insólito fue que, sin que yo supiera cuándo, su calzoncito estaba empapado.
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Masajitos a Domicilio

Masajitos a Domicilio

—Grite para mí, señora. Mi jefe es impotente. Me pagó un millón de dólares para que me acostara con su esposa, Hanna Castillo, una directora ejecutiva seria y bellísima, y la dejara embarazada. En la lujosa mansión de la montaña, usé la rodilla para abrirle a la fuerza las piernas, blancas como la nieve, que mantenía bien cerradas y deslicé por debajo de su camisón de seda rosa la pistola de masaje, que zumbaba sin parar. Por encima de la última capa de seda, ya húmeda por su emoción, apreté el cabezal vibrador justo contra su punto más sensible, y lo froté contra ella a un ritmo constante. Un hormigueo insoportable le recorrió el cuerpo hasta la coronilla. Aquella mujer siempre tan seria, medio desvestida, se desplomó sobre el sofá. Lloraba de humillación y odio, pero arqueaba la espalda sin poder contenerse y se estremecía frenética con cada embestida. Mientras ella dejaba escapar un gemido de placer, sus jugos brotaron y empaparon la pistola de masaje...
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Inseminación Corporativa

Inseminación Corporativa

—Sigue, no pares. Hazla gritar, quiero escucharla. Esa noche, ya tarde, en la recámara, le hice trizas el fino y delicado camisón de seda a la esposa del jefe. No llevaba nada debajo. Ese cuerpazo de metro setenta se estremecía bajo mis manos, y sus piernas blancas y esbeltas se me enroscaban a la cintura con fuerza, casi sin querer, mientras seguía con el celular en la mano y la llamada del jefe en altavoz. Atrapada entre la vergüenza y un placer arrollador, se aferraba a las sábanas, indefensa, mientras gemía mi nombre sin darse cuenta. Justo cuando, con mi miembro tan duro que me dolía en la mano, lo alineaba con su sexo empapado, a punto de embestirla con fuerza, alguien abrió la puerta de la recámara.
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La Dulzura de la Traición

La Dulzura de la Traición

La chica que Iván Herrera mantenía volvió a buscarme para hacer una escena. —De verdad amo demasiado a Iván… ¿no podrías dejar que se quede conmigo? Él, sentado a un lado, no dijo nada. Solo me envió un mensaje: «Dile que sí, solo hazle creer que tiene una oportunidad.» Le seguí la corriente. Y, en silencio, empecé a empacar mis cosas para dejar la casa que compartíamos. Al salir, escuché las burlas de sus amigos. —Vaya, sí que es obediente la «esposa». Entonces si le pides que pierda al bebé, ¿también lo haría? Iván alzó las cejas, con calma. —¿Apostamos? —Yo digo que en una semana estará llorando frente al hospital… pero lo hará. Yo no dije nada. Solo abrí otro chat, leí el último mensaje: «¿Quieres casarte conmigo?» Y respondí: «Sí.»
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Lo Grande del Entrenador

Lo Grande del Entrenador

—Entrenador, por favor ya no te presiones más contra mí. Tengo los leggings empapados. En el gimnasio, la alumna tenía un cuerpo espectacular y un trasero redondo, firme y voluptuoso. Me presioné a propósito contra su profunda hendidura. Ella percibió lo extraño y apretó las nalgas con fuerza. Esa sensación me encendió la sangre al instante. Lo que más me excitaba era que ella había reaccionado a mi roce y se bajó los leggings voluntariamente.
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Pedaleando A Máxima Succión

Pedaleando A Máxima Succión

—Pao, ayúdame aquí abajo, chupa con un poco más de fuerza... Con tal de ayudarme a que todo volviera a funcionar, la guapa chica que tenía enfrente se puso de rodillas y empezó a succionarme con muchísimas ganas. Ella es mi entrenadora de ciclismo. Por un descuido, terminó dándome un golpe accidental en la entrepierna. En ese momento, estaba toda angustiada intentando que mi hombría despertara de nuevo. Pero en realidad yo ya había recuperado la sensibilidad desde hace rato; solo me estaba dejando llevar por el placer de su boquita. Y lo que menos me imaginé fue que, por lo visto, ella también se estaba empezando a calentar.
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