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Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

Arrepentimiento: Mi Don heredó a su cuñada

En el quinto aniversario de mi matrimonio con Álvaro Rosales, la tragedia llegó sin aviso: su hermano murió de repente y él tuvo que asumir el papel de Don. Pero la familia impuso una condición cruel… debía tener un hijo con mi cuñada Sara Olmeda para preservar el linaje. Me negué. Álvaro también… o eso creí. Aún recuerdo cómo apretó mi mano y prometió: —Elena, jamás voy a aceptar eso. Solo tú puedes ser la matriarca de la familia Rosales… y nuestro hijo será el único heredero. Pero con los días, algo cambió. Él regresaba cada vez más tarde, consumido por responsabilidades del clan y con un perfume que no era mío. Hasta que un video anónimo lo confirmó todo. Allí estaba él, junto a Sara, en una consulta prenatal. Su mano sobre su vientre… con una ternura que alguna vez fue mía. —Sara… gracias por darme al heredero de la familia Rosales —le dijo. Y en ese instante, mi mundo se rompió. Su promesa ya era ceniza. Así que hice lo único que me quedaba… incendié el hogar que una vez fue nuestro y me fui sin mirar atrás. Después de todo, mi padre —el Don de la familia Velasco— llevaba años esperando mi regreso… y había llegado el momento de reclamar lo que siempre fue mío.
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¡Ni en esta vida! ¡Te suelto ya!

¡Ni en esta vida! ¡Te suelto ya!

Renací. Volví a los 18 años, justo antes del examen de admisión a la universidad. Era el año en el que Diego Alonso más me amaba, y también el último. Porque ya había conocido a su verdadero amor, Valeria Reyes, la mujer por la que se enamoraría de verdad. Por ella, fue capaz de todo, al punto de que me pidió ser su novia, solo para distraerme de mis estudios. Así que en lugar de la universidad de élite en la que hubiera podido entrar, terminé en una simplemente ordinaria. Hasta fingió un accidente para retenerme y que me perdiera el concurso; todo para que Valeria ganara esa medalla de oro. En otra ocasión, cuando Valeria perdió mucha sangre, él me manipuló para que donara una cantidad excesiva. Esto arruinó mi salud para siempre, dejándome con dificultades para quedar embarazada. Al final, Diego se vio forzado a casarse conmigo, pero pasaba los días sumido en la depresión, obsesionado con las fotos de su amor. El día que supo que Valeria se casaba, me abandonó sin piedad y se quitó la vida por amor. En esta vida, por fin estoy despierta. No volveré a amarlo. Solo quiero ser egoísta, y amar únicamente a mí misma. Entonces cuando Diego me preguntó con arrogancia: —Renata, ¿quieres ser mi novia? Yo, tranquilamente, negué con la cabeza. —No.
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Mi Cara

Mi Cara

Marcus Donnelly, de veintiséis años, es uno de los pintores más exitosos y famosos de todo el país. Sus obras maestras del arte contemporáneo se han vendido por millones, lo que lo convierte en una figura bastante conocida en el mundo de las Bellas Artes. Sin embargo, después de un percance, hace dos años, desarrolla un bloqueo de pintor, que no puede superar. Se transforma en un monstruo depresivo, solitario y exasperante que no le gusta a nadie. Marcus casi ha perdido la esperanza cuando aterriza en una hermosa casa de playa en Long Island. La atmósfera positiva de la casa, junto con la presencia de una joven y delicada chica dispuesta a trabajar como su ama de llaves, lo impulsa a comprar la propiedad. ¿Podrá superar su bloqueo? ¿Qué sucederá cuando se enamore perdidamente de la joven? ¿Podrá controlar sus sentimientos cuando se conviertan en una obsesión? ¿Qué sucederá cuando descubra secretos de su vida pasada que la alejan de él? Esta es la historia de una joven que pasa de la pobreza a la riqueza y lucha sola por alcanzar el estrellato. Al huir de Marcus Donnelly, el único hombre que más la ama, pronto se ve arrastrada a un mundo de drogas, fama, poder, miseria y riqueza. ¿Será capaz Marcus de vencer sus propias batallas y rescatarla?
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La Mujer que Tejía Destinos Robados

La Mujer que Tejía Destinos Robados

Cuando mi madre nos pidió a mi hermana y a mí que eligiéramos con quién casarnos, Daniela rechazó sorprendentemente al hombre hosco de perfil técnico que persiguió durante cuatro años y optó por ese rico playboy de mala reputación. Mi madre palideció al instante: —Daniela, es cierto que es rico, pero ¿no te da miedo que te pegue alguna enfermedad? A ti te gusta Luis, ¿no? No te equivoques de decisión. Pero ella no dio su brazo a torcer. Ahí supe que ella también había renacido. En mi vida pasada, se casó llena de ilusión con Luis Solano y sufrió una década de violencia emocional que la dejó hecha una loca. Mientras que ese playboy, Diego Alcázar, cambió por mí radicalmente, me amó con locura, me entregó toda su fortuna y nos convertimos en la pareja envidiada por todos. En el baile de nuestro décimo aniversario de bodas, Daniela, con los ojos llenos de rencor, nos redujo a cenizas a los dos. Al tener una segunda oportunidad, opté por la mano de Luis en el juego del matrimonio. —Daniela, la apuesta está hecha. Esta vez, no te arrepientas. Ella soltó una risa burlona: —Esta vez me toca a mí ser amada como a una reina. No seas tú quien se arrepienta. Parece que aún no entiende que el amor es lo menos confiable en un matrimonio.
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Fingí Morir para Dejar de Amarlo

Fingí Morir para Dejar de Amarlo

Durante la cena, Julián Orozco, un amigo de mi esposo Bruno Ortega, soltó de pronto en italiano: —Hace tres años, para poder firmar en nombre de Fiona una carta de perdón a favor de Simona, te casaste con Fiona con una boda por todo lo alto. En estos años he visto cómo Fiona se ha ido encariñando cada vez más contigo, pero tú sigues mintiéndole. Le haces creer que las pastillas anticonceptivas son antidepresivos. ¿No temes que, cuando Fiona sepa la verdad, se venga abajo? El rostro de Bruno se ensombreció, y él sonrió con amargura. —Un hijo que no es deseado por su padre no tiene por qué nacer. En cuanto a Fiona, mientras deje de interponerse en la felicidad de Simona, cumpliré mi promesa y la protegeré toda la vida. Nadie sabía que, para estar a la altura de Bruno, yo había aprendido italiano hacía mucho tiempo. Estaba de pie a unos pasos del comedor, en la sala, con marcas frescas de besos en el cuello y las supuestas pastillas para la "depresión" en la mano. Sentí que todo el cuerpo se me helaba. Así que todo el amor que él decía sentir por mí era falso. La salvación que yo creí haber encontrado no era más que una trampa cuidadosamente planeada. Si así estaban las cosas, decidí concederles a todos lo que querían.
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El día que murió Scarlett Moretti

El día que murió Scarlett Moretti

La noche antes de mi boda, descubrí que estaba embarazada. Esa misma noche, descubrí que mi prometido ya había elegido a otra mujer para que le diera su primer hijo. Adrian DeLuca, heredero de un imperio de la mafia y el hombre que una vez juró que yo era la única mujer a la que amaría, volvió a casa con el perfume de ella impregnado en la ropa y me dijo, como si fuera lo más normal del mundo, que no era más que un acuerdo médico. La viuda de su amigo fallecido necesitaba un heredero y, después de que yo no lograra darle uno tras sesenta y seis rondas de fecundación in vitro, decidió que esa era la mejor solución para todos. No dije nada. Lo dejé continuar con los preparativos de la boda. Dejé que creyera que caminaría hacia el altar y me convertiría en la señora DeLuca. Pero mientras él planeaba nuestra boda, yo planeaba mi desaparición. El día de nuestra boda, la mansión abriría sus puertas. Los invitados llegarían. La ceremonia comenzaría. Pero la novia a la que Adrian DeLuca traicionó moriría en ese lugar. Para cuando él descubriera la verdad, que todo ese tiempo yo había estado embarazada de su hijo, yo ya me habría marchado bajo un nuevo nombre, llevándome a su heredero a un sitio donde jamás pudiera encontrarnos.
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Perseguida por Nikolas Ardolf

Perseguida por Nikolas Ardolf

Brooklyn Davis, de diecinueve años, trabaja como camarera en un exclusivo restaurante del centro de Chicago. Dos días atrás, su hermano gemelo, Brandon, desapareció dejando solo un mensaje en el que le pedía que no se preocupara por él. Desde entonces, la vida de Brooklyn se convierte en un inquietante dilema cuando comienzan a suceder cosas extrañas en su lugar de trabajo. Un par de ojos color avellana la observa y la acecha todos los días, cada minuto. ¿Quién es ese hombre? ¿Por qué la mira constantemente? ¿Y cómo podrá Brooklyn librarse de él? A los veintinueve años, Nikolas Ardolf es un hombre duro, arrogante y despiadado que solo cree en dos cosas: los negocios y el dinero. Abandonado en las calles al nacer, tuvo una infancia marcada por la crueldad y la supervivencia. Todo cambió cuando fue recogido por el implacable anciano Daniel Ardolf, soltero y único propietario de Ardolf Winery. Nikolas odia a las mujeres después de haber sido traicionado por su propia madre. Entonces, ¿por qué acecha a la inocente Brooklyn todos los días? ¿Qué es lo que realmente quiere? ¿Y por qué no puede mantenerse alejado de ella? Lee esta apasionante historia de amor, llena de giros inesperados y momentos intensos, para descubrir cómo Nikolas Ardolf persigue a Brooklyn. ¿Conseguirá finalmente lo que desea?
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No Seré Una De Tus Treinta Lunas

No Seré Una De Tus Treinta Lunas

Fui la Beta principal del Alfa Damon. Durante seis años, fui su mano derecha y su compañera en la cama. Cuando anunció nuestro ritual de unión, la manada entera lo celebró. Mi sueño estaba a punto de cumplirse. Pero entonces, afuera de su salón de trofeos privado, lo escuché presumir sobre sus Pruebas de la Luna. Y en ese momento, supe la verdad. No era la única para él, sino una de treinta candidatas. Había pasado un mes con cada una de nosotras, calificando nuestros cuerpos, nuestra sumisión y nuestro desempeño. Mi calificación fue más baja que la de una Omega. Más baja que la de Lydia. —Lydia fue increíble. Apenas y podía separarme de ella. Y luego veo a Elysia… tan tiesa, siempre tan controlada… y la verdad es que… me aburre. La conmoción me paralizó. Dejé de sentir el cuerpo. Seis años de lealtad. Incontables noches entre sus brazos. Al final, todo significó menos que un capricho momentáneo y una loba que sabía arrodillarse. Mi dolor se convirtió en una resolución inquebrantable. Le envié un mensaje a un Alfa que me había pretendido tiempo atrás. “Adrian, dijiste que tu oferta de ser mi compañero seguía en pie. ¿Estás seguro? Ya terminé con Damon.”
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Ya no quedan cristales, Alfa

Ya no quedan cristales, Alfa

Durante sesenta y seis noches de luna llena, el Alfa Zephyr me colmó de elaborados rituales de cortejo, suplicándome que aceptara ser su compañera. En la sexagésima séptima… finalmente dije que sí. La noche en que consagramos nuestro vínculo de apareamiento, le entregué una bolsita encantada con sesenta y seis cristales de luz de luna. Hicimos un trato: cada vez que rompiera mi corazón, yo aplastaría uno. Ese era el precio de mi perdón. En los seis años desde que nos unimos, rompió mi corazón una y otra vez por su amiga de la infancia, Chloe. Y cada vez… yo aplastaba un cristal. Cuando el cristal número sesenta y cuatro se convirtió en polvo, Zephyr por fin pareció notar que algo no estaba bien. Dejé de decirle que mantuviera su distancia con Chloe. Dejé de necesitar que estuviera a mi lado. Pero cuando intentó dejarme por esa Omega una vez más, lo sujeté del brazo. —Vas a ir con ella… ¿Debería aplastar otro cristal por esto? Zephyr se quedó inmóvil, con el cansancio reflejado en el rostro. —Haz lo que te dé la gana. De todos modos, te quedan muchos. Solo asentí, observando su espalda mientras desaparecía. Él todavía creía que los cristales de luz de luna eran infinitos. No tenía idea… de que solo quedaban dos en la bolsita.
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Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Pagué Su Culpa y Ella Me Condenó

Cinco años después de mi muerte, mi esposa, la médica Elba Latapí, quiso volver a endilgarme la culpa de un caso de negligencia médica para encubrir a su primer amor. Con un documento falsificado en la mano, se plantó en mi antiguo departamento, pero solo encontró el lugar cubierto de polvo. Entró en pánico y bajó corriendo a preguntarle a Julio Melgar, el dueño de la tienda de abajo, por mi paradero. Pero él le respondió: —¿Antonio Alcayaga? Murió hace cinco años. La familia de la víctima de aquel caso de negligencia médica lo acorraló ahí y le dio más de diez puñaladas. Elba no le creyó. Estaba convencida de que yo había sobornado al dueño del local y de que él estaba mintiendo para cubrirme. Rodó los ojos, curvó los labios con desprecio y resopló: —¿Así que ahora, solo porque lo suspendieron por dos años, me sale con este teatrito? Dile que, si no aparece en tres días, dejaré de pagar el tratamiento contra el cáncer de su hermana. Después de soltar esas palabras, se fue entre maldiciones y azotó la puerta al salir. El dueño la vio alejarse, negó con la cabeza y dejó escapar un suspiro. —¿Qué hermana? Ella ya murió hace muchísimo tiempo… porque no tenían dinero para costear el tratamiento.
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