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Mi querido prometido, ahora es mi turno de jugar el juego peligroso

Mi querido prometido, ahora es mi turno de jugar el juego peligroso

La noche de nuestra fiesta de compromiso, encontré a mi mejor amiga jugando un juego peligroso con mi prometido. El casino del yate privado de nuestra familia fue donde los encontré. Clara estaba sentada en el regazo de mi prometido, Killian, el heredero de la familia Falcone. Killian sostenía una afilada daga de la familia, cuya punta enganchaba el delgado tirante de su vestido. La hoja trazó un camino a lo largo de su clavícula. La más mínima presión rompería la seda. Era una peligrosa e íntima escena. Di un paso adelante con el ceño fruncido, pero Killian solo se burló. —Es solo un pequeño juego para animar las cosas, «Principessa». No te pongas tan tensa. Los ojos de Clara se entrecerraron, y su voz destilaba una falsa dulzura. —Solo estamos jugando a un juego tradicional de la familia. El juego del cuchillo. No te molesta, ¿verdad, dulzura? Estaba a punto de hablar, pero la expresión de Killian se endureció. —Acabamos de comprometernos, ¿y ya estás intentando controlarme? Así que no dije nada. Simplemente saqué mi pistola personalizada de la funda en mi muslo. —Así que es un juego —dije—. Entonces juguemos por algo real.
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Ya no quedan celos, Alfa

Ya no quedan celos, Alfa

Después de que perdí al cachorro, renuncié a todo lo que mi compañero, el Alfa Rhydian, odiaba. Dejé de usar nuestro vínculo para sentir dónde estaba él. Podía dormir profundamente incluso cuando él no regresaba a nuestra habitación en toda la noche. Ni siquiera le conté cuando la hoja de plata de un renegado me cortó el brazo durante una escaramuza en la frontera. El sanador de la manada me dijo que notificara a mi familia. Yo simplemente respondí con calma. —No tengo familia. El sanador me reconoció. —Eres la Luna. El Alfa Rhydian está en el cuartel general. ¿Debería informarle? Negué con la cabeza suavemente. —No, no lo haga. Pero media hora más tarde, Rhydian llegó de todos modos. Su alta figura proyectó una sombra sobre mí y su voz sonó fría. —Estás herida. ¿Por qué no me llamaste a través del enlace mental? Bajé los ojos. —Es solo un rasguño. No hay necesidad de molestar al Alfa. Un gruñido bajo retumbó en su pecho. El aire crujió con su furia. Estaba a punto de hablar cuando un guerrero susurró fuera de la puerta: —El Alfa se preocupa tanto por Isla... Ella solo se pinchó el dedo con la espina de una rosa, y él le dio la hierba de luz de luna más preciada de la manada. Vi cómo su mandíbula se tensó. Sus ojos gris azulados se dispararon hacia mí, buscando la rabia celosa que yo siempre solía mostrar. No le di nada. Ni siquiera un parpadeo. Simplemente me recosté contra las baratas almohadas del hospital y cerré los ojos. Pero la compostura de Rhydian finalmente se hizo añicos.
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Su Máxima Prioridad

Su Máxima Prioridad

Mi amigo de la infancia me había prometido que, al graduarnos de la universidad, se casaría conmigo. Pero el día de nuestra boda llegó tarde y, cuando por fin lo encontramos, estaba en una cama de hotel, enredado con mi hermanastra, Viviana Torres. Ante todos los presentes, fue el heredero del hombre más rico del país, Sebastián Fuentes, quien dio un paso al frente y declaró, sin reservas, que yo había sido la mujer que amó en secreto durante muchos años. Llevábamos cinco años de matrimonio. Cada palabra que alguna vez dije, Sebastián la guardó en su corazón. Yo creía, de verdad, que era la persona que él más valoraba en el mundo. Hasta que un día, mientras hacía los quehaceres de la casa, encontré por accidente un documento confidencial oculto en el fondo de su escritorio. La primera página era el currículum de Viviana Torres. Sobre él, escrito de su puño y letra, se leía: “Atención prioritaria. Por encima de todo.” Luego venía un expediente médico que nunca había visto. La fecha correspondía exactamente a la noche en que sufrí aquel accidente automovilístico. Esa vez fui llevada al hospital perteneciente al Grupo Fuentes, pero la cirugía nunca llegaba. Cuando desperté, el bebé que llevaba en mi vientre ya no estaba conmigo, perdido por la hemorragia. Lloré hasta quedarme sin voz en los brazos de Sebastián, pero jamás le conté la verdad. No quería causarle más preocupación. Pero ahora lo sé: esa misma noche Viviana también resultó herida, y la orden que Sebastián envió al hospital fue: “Movilicen a todos los especialistas. Prioridad absoluta para Viviana Torres.” Las lágrimas se filtraron entre las páginas, borrando parte de la tinta. “Si no soy tu máxima prioridad, entonces desapareceré de tu mundo.”
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Después de su apareamiento con mi hermana

Después de su apareamiento con mi hermana

Estuve enamorada de él durante cinco años, hasta que me empujó al fuego con sus propias manos. Pensé que simplemente había caído en desgracia, pero estaba equivocada: se casó con la loba con la que había crecido llamando, su "hermana". Durante el mes que pasé en el hospital, nunca vino ni una sola vez. Cuando finalmente regresé a la casa de la manada, la vi sentada en su regazo, sonriendo dulcemente. ¿Y yo? Yo no era más que la "cazafortunas", y la "forastera descarada" a sus ojos. No fue hasta que le di la espalda y tomé el trono de Alfa de la manada Blood Moon que enloqueció, persiguiéndome, con lágrimas corriendo por su rostro. —Rompí el vínculo con ella —lloró—. Solo vuelve; ¡nos casaremos ahora mismo!
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Justicia De Plata

Justicia De Plata

Después de mi chequeo médico, estoy por salir de la enfermería de la manada, que se encuentra en el territorio de mi primo, cuando una sanadora toda maquillada me sujeta del brazo. —¡Ni un paso más! ¿En serio crees que puedes romper algo en la enfermería e irte así como si nada? ¡Ni lo pienses! Miro su cara desconocida y parpadeo, sintiéndome confundida. —¿Qué fue lo que rompí? Señaló los frascos de cristal de las repisas y arrugó la nariz con un gesto exagerado de asco. —¡Apestas! Tu olor contaminó todas las pociones y ahora no sirven para nada. El Alfa Xander las compró carísimas; todo vale quinientos mil. También me tienes que pagar por el daño emocional que me causaste, que son otros doscientos. —En total son setecientos mil. ¿Vas a pagar en efectivo o con tarjeta? Mi olor es una mezcla de violetas y ámbar. Es distinguido y elegante, como un atardecer de invierno. Entiendo que no a todos les guste ese aroma, ¿pero cómo puede decir que es contaminación? ¡Por favor! No entiendo por qué la enfermería en el territorio de Xander funciona como si fuera una red de extorsión. Me río de puro coraje y le digo: —Soy la prima del Alfa Xander. Yo no pago ni un centavo en su territorio. Si alguien tiene un problema con eso, que venga él y me lo diga a la cara. Pero la sanadora solo puso los ojos en blanco. —Ay, por favor. ¿Crees que con esos trucos tan baratos vas a llamar la atención de mi Alfa? ¡Ya quisieras! Si no pagas ahorita mismo, te voy a desnudar y te voy a aventar a la calle para que todos huelan lo asquerosa que eres. No tiene idea de a quién está amenazando. Respiro y me pongo en contacto con mi Beta. —Dile a Xander que, o destierra a esta sanadora de la manada, o yo lo desterraré a él.
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Mi Alfa Apostó a Que Volvería Arrastrándome en Tres Días

Mi Alfa Apostó a Que Volvería Arrastrándome en Tres Días

La noche de nuestro octavo aniversario, preparé todo lo que a Ethan le gustaba. No regresó. Me quedé sola frente a la mesa… hasta que la comida se enfrió. Al final, hice lo de siempre. Abrí la red de la manada… y busqué el perfil de Selene. Nueva publicación. De hacía una hora. Una foto de Ethan, sin camisa, encendiendo una fogata en su guarida. La mano de ella apoyada en su hombro. Su rostro vuelto hacia la cámara, con una sonrisa demasiado amplia… casi afilada. El pie de foto decía: "Gracias a los viejos amigos que lo dejan todo cuando los necesitas. Incluso sus aniversarios de marcaje." Me quedé mirándolo hasta que los ojos me ardieron. Entonces le di "me gusta". Presenté la solicitud de disolución del vínculo. Y empecé a empacar el baúl que llevaba meses listo. Ethan no lo creyó cuando se enteró. —Está haciendo un drama —lo escuché decirles a sus compañeros de manada—. —Dénle tres días. —Con solo mover un dedo, volverá corriendo. —Siempre lo hace. Lo que él no entendía era por qué siempre volvía. Era porque lo amaba. Pero eso ya había muerto.
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Me Forzó a Parir y Perdió Todo

Me Forzó a Parir y Perdió Todo

El día en que Elizabeth Marcial estaba a punto de dar a luz, Agustín Vázquez, mi esposo, me llevó por la fuerza al hospital para inducirme el parto, cuando yo apenas tenía siete meses de embarazo. Me encerró en la sala de partos con el rostro desencajado. —Mónica, el bebé de Elizabeth tiene una enfermedad rara. En cuanto nazca, morirá. El doctor dijo que necesita la sangre del cordón umbilical y unas células madre especiales que solo pueden obtenerse durante el parto para salvarse. Rafael ya murió. Ahora me toca a mí cuidar de ella y de ese niño. La aguja de inducción, de casi diez centímetros, se me clavó sin piedad. Las contracciones me hicieron sudar frío del dolor. —Elizabeth ha estado bien todo el embarazo. ¿Cómo que el bebé tiene una enfermedad rara? Yo, en cambio, he tenido que cuidarme desde el primer día. Si haces que nuestro bebé nazca tres meses antes de tiempo, nos vas a matar a los dos. Agustín frunció apenas el entrecejo y me inmovilizó con fuerza contra la cama. —El doctor ya lo explicó. Solo van a adelantar el parto dos meses. No te va a pasar nada. Al oír los gritos de Elizabeth en la sala de al lado, su mirada se endureció de golpe, como si hubiera llegado a una conclusión. —¿No será que, porque siempre estoy pendiente de Elizabeth, quieres aprovechar esta oportunidad para quitarla de en medio? Ya te dije hace tiempo que la cuido por Rafael. ¿Cómo puedes ser tan cruel? Miré la sangre que no dejaba de brotar y, entre lágrimas, le rogué que tuviera piedad de nuestro bebé. Le dije que, si eso era lo que quería, yo me divorciaría y los dejaría en paz. En los ojos de Agustín no había nada más que fastidio. —No digas tonterías. Soy su padre. ¿Cómo voy a querer hacerle daño? Después de que usaron la sangre del cordón umbilical de mi bebé y las células madre extraídas durante el parto para salvar al hijo de Elizabeth, ella y su hijo quedaron fuera de peligro. Solo entonces Agustín se acordó de venir a vernos. Pero cuando entró en la habitación, sobre la cama solo había dos certificados de defunción: el mío y el de mi bebé.
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Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

Un Mango Fue el Final de Nuestro Matrimonio

A los siete años, papá llevó a casa a una mujer hermosa y fue ella quien me regaló una caja de mangos. Ese mismo día, mamá me vio comerlos con tanto gusto. Firmó los papeles del divorcio sin decir nada y, poco después, se lanzó del edificio. Desde entonces, el mango se convirtió en la pesadilla que me acompañaría toda la vida. Por eso, el día de mi boda le dije a mi esposo, Héctor Preciado, que si algún día quería divorciarse, solo tenía que regalarme un mango. Él me abrazó sin responder y, desde ese momento, el mango también se volvió su tabú. Cinco años después de casarnos, en Nochebuena, su amiga de la infancia dejó un mango sobre su escritorio. Ese día, Héctor anunció que cortaba toda relación con Violeta Sánchez y la despidió de la empresa. Y ahí sí creí, sin dudarlo, que él era el hombre indicado para mí. Hasta que, seis meses después, regresé del extranjero tras cerrar un trato de cien millones de dólares. En la cena de celebración, Héctor me pasó una bebida. Y, cuando ya me había tomado la mitad del vaso, Violeta, la mujer a la que había despedido de la empresa, apareció detrás de mí con una sonrisa provocadora y preguntó en tono despreocupado: —¿Está bueno el jugo de mango? Me giré para mirar a Héctor con incredulidad. Él apenas contenía la risa. —No te enojes —dijo—. Violeta insistió en que te hiciera esta broma. —No te di un mango, solo jugo de mango. Luego añadió, como si nada: —Pero, creo que Violeta tiene razón: que no comas mango es una manía tuya. —Mira lo feliz que estabas tomándolo hace un momento. Mi expresión se endureció. Levanté la mano, le arrojé el resto del jugo en el rostro y me di media vuelta para irme. Porque hay cosas con las que no se bromea. El mango no lo es. Y mi decisión de divorciarme, tampoco.
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Promesa de un siglo

Promesa de un siglo

El día de la boda, la amiguita de la infancia de mi prometido apareció en el lugar con un vestido de novia idéntico al mío, hecho a la medida. Mientras los veía recibir a los invitados juntos, sonreí y comenté lo perfectos que se veían, como si el destino los hubiera unido. Ella, roja de vergüenza y furia, se marchó del evento. Él, frente a todos los presentes, me acusó de ser una mujer celosa y dramática. Cuando terminó el banquete, se fue con ella al destino que habíamos reservado para nuestra luna de miel. Yo no lloré ni hice un escándalo. Simplemente, llamé a mi abogada de inmediato.
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Seis Años y Aún Me Debes un Amor

Seis Años y Aún Me Debes un Amor

Hace seis años, Noelia Bustos hizo de todo para enamorar al muchacho más guapo de la facultad de Derecho, Marcos Leiva. Después de tres meses de relación, ella lo dejó así nada más. —Me cansé de acostarme contigo —le dijo con total tranquilidad. Seis años después de que terminaron, se volvieron a encontrar. Pero, todo era distinto. Antes, ella era la niña rica y él, el muchacho pobre. Ahora, él era un peso pesado en un bufete de primer nivel, mientras que ella cargaba con deudas, una hija y un pasado de violencia doméstica. Cuando decidió separarse de su marido, Marcos apareció como su abogado para el divorcio. —Todo esto te lo buscaste tú sola —le dijo él, con una sonrisa burlona. Noelia sabía que Marcos la odiaba con toda el alma, e intentó que no volviera a pasar nada entre ellos. Al final, el día que ella se iba, con una sonrisa, le deseó: —Que tengas una feliz boda. Pero él cruzó mar y tierra para buscarla. En el único hostal de un pueblo pequeño, en una habitación a oscuras, Marcos la acorraló y, con los ojos rojos, la abrazó fuerte. —¿En serio fuiste capaz de dejarme otra vez?
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