Extorsión al hombre equivocado: su Don.
Esa camarera VIP, nueva en el club, insistía siempre en que fuera yo quien la atendiera. Como era buena para el negocio, no le di demasiada importancia.
Sin embargo, un fin de semana, alrededor de las dos de la madrugada, mientras descansaba en la cama de mi penthouse, me llamó y comenzó a darme órdenes a los gritos.
—Estoy en la suite «Paraíso». Sube ahora mismo con una botella y atiéndeme como corresponde.
Tuve que aguantarme la risa. Esa mujer actuaba de una forma realmente absurda.
—Son las dos de la mañana. ¿Me estás ordenando qué hacer? No soy tu guardaespaldas ni tu proveedor personal.
Ella resopló con una voz que destilaba arrogancia.
—Mi primo es el gerente del club. Deberías sentirte honrado de atenderme. Ah, y por cierto, aún no has pagado la tarifa de protección de este mes. Más te vale moverte y venir ya, o le diré a mi primo que te arroje al río Chicago.
Vaya.
Parecía ignorar un detalle bastante importante: todos los muelles del río Chicago, sin excepción, me pertenecían.