Venganza con el Perro
Las vendas recién puestas se desprendieron, y la sangre comenzó a filtrarse.
Elena, en el momento justo, se arrodilló: —Señora, le pido de rodillas. Nos haremos cargo de los gastos. Sus heridas sanarán, ¡pero mi Toto nunca volverá!
Al escuchar sus palabras, temí que la persona en la cama muriera de la rabia.
Carmen, en ese instante, debió sentir que el corazón se le partía. Jamás imaginó que su propio hijo pudiera ser tan desalmado.