Mag-log inEstacionamos y nos dirigimos hacia la entrada. Tras pasar el arco de seguridad, llegamos a una zona con mesas altas y una barra de bebidas y comida. Jacob, en cuanto divisó a un grupo de personas, les hizo un gesto con la cabeza.
Ahí lo entendí: tenía amigos esperando. Claro, para él esto no era un sacrificio, sino una oportunidad de reunirse con su gente y, encima, con entrada asegurada. No me estaba haciendo ningún favor, sólo se acomodaba a las circunstancias. Y aun así, me sentí ligeramente desilusionada. Nos acercamos a ellos.
“Todos, ella es Camila y su amiga es Kate”, nos presentó con la sobriedad que le caracterizaba, pero ese ‘Camila’, ronco y deliberado, volvió a erizarme la piel.
Los saludos fueron breves hasta que llegamos a su amigo Steve, quien se detuvo con un aire más juguetón.
“Hola, Camila. Soy Steve y ese pelmazo que está ahí es mi mejor amigo”, señaló a Jacob con naturalidad, haciéndome reír. Jacob, a mi sorpresa, también parecía relajado. “He escuchado hablar mucho de ti.”
Kate me lanzó una mirada de asombro y arqueó las cejas, pero contuvo esa lengua que luego me mete en problemas.
“Steve…”, advirtió Jacob sin agregar nada más.
“Me declaro culpable”, dijo Steve alzando las manos, divertido.
“Encantada de conocerte, Steve. Puedes decirme Cami. Ella es mi amiga Kate.”
“Mucho gusto, Kate. Tengo entendido que tú eres la culpable del concierto.”
“¿La culpable?”, rió Kate. “¿Qué quieres decir con eso?”
“Nada, nada… no quiere decir nada”, se apresuró a cortar Jacob, cambiando de tema con su tono infalible. “A excepción de estas dos señoritas, ¿quién quiere una cerveza?”
Pronto me di cuenta de que el único que parecía saber quién era yo era Steve, porque me hablaba con más familiaridad que los demás. Era la primera vez que convivía con alguien del círculo de Jacob y me sorprendió descubrir que la mayoría de ellos eran bastante agradables. A excepción, claro, de la rubia falsa que apareció en escena apenas Jacob se ofreció a buscar bebidas.
Se le colgó del brazo con naturalidad ensayada. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, me lanzaba esa expresión altiva que decía ‘él está conmigo’. Me pareció ver que Jacob se sentía incómodo, aunque tampoco se molestó por apartarla. Eso sí, noté que no la abrazó ni le rodeó la cintura, lo cual me dio un alivio extraño y silencioso.
«Creo que estoy analizando demasiado esta escena. No debería importarme.»
Kate me jaló del brazo y señaló discretamente hacia el escenario. Era mi turno de hablar.
“Jacob, nos gustaría acercarnos un poco más. Queremos colocarnos por ahí”, le dije, señalando un sitio lateral donde había una pequeña barda que me serviría para ver mejor que desde el suelo.
Él me miró como si esperara una explicación.
“Kate está obsesionada con el baterista y, desde aquí, no puede grabar bien”, improvisé. No quería que pensara que huíamos de su grupo, aunque en realidad lo hacíamos. Nathalia, la rubia, me ponía de los nervios y, además, Kate había esperado este concierto demasiado tiempo como para arruinarle la experiencia. No íbamos a ir a primera fila, pero sí queríamos acercarnos un poco más.
Jacob pareció pensárselo varias veces.
“De acuerdo. Nosotros nos quedaremos por aquí. Procuren no moverse demasiado. No quiero perderte de vista.”
El tono de su última frase me sorprendió. Hubiera esperado desgano, como quien asume la tarea de cuidar a alguien, pero sonó más a una advertencia protectora, sin mencionar que habló en singular. No quise darle más importancia de la necesaria.
“¡Gracias!”, le respondí con una sonrisa que no pude evitar.
Kate y yo nos colocamos en nuestro sitio estratégico. Ella, con sus varios centímetros más que yo, se subió conmigo a la barda, con su teléfono en la mano, lista para tomar cientos de fotos y videos. Habíamos preferido estar un poco más atrás para tener una mejor visión de todo el lugar y ver el escenario a gusto, sin que una maraña de espaldas nos tapara la vista. Claro que hablaba más por mí que por ella.
La música empezó a retumbar y la multitud se encendió. Kate gritaba y saltaba como una niña pequeña en plena Navidad. Eso fue suficiente para mí; sabía que no estaba en mi ambiente, pero tampoco podía quejarme del lugar. Ver a Kate así me hacía contagiarme de su felicidad.
De vez en cuando, giraba la cabeza hacia donde estaba Jacob para tranquilizarlo con mi presencia y hacerle ver que cumplía con mi parte de no moverme. Todo iba bien con ello hasta que lo vi: Nathalia lo besó sin previo aviso.
La imagen me atravesó como un golpe seco. No me gustó lo que vi; giré la cabeza rápidamente hacia el escenario. Me repetí a mí misma que no tenía importancia, que esto no debía afectarme, pero de alguna manera, me había calado, así que decidí no girar más la cabeza. Mientras me mantuviera en mi lugar, ya no habría motivo ni necesidad de cruzar miradas con él.
La complicidad con Jacob era distinta ahora. Ya no había dudas ni silencios pesados; en su lugar habían aparecido sonrisas cómplices, miradas sostenidas que parecían conversaciones enteras y ese roce casual de manos que me erizaba la piel como si fuera la primera vez.Era extraño y bonito a la vez: nos conocíamos desde hacía años, pero todo parecía nuevo, recién estrenado.No hablábamos demasiado de lo que significaba ‘estar juntos’. No hacía falta. Bastaba con la forma en que me miraba cuando creía que nadie más lo notaba, o con cómo me abría la puerta del coche con una media sonrisa tranquila, segura, que me desarmaba sin esfuerzo.Vivíamos dentro de una burbuja pequeña y silenciosa, un secreto compartido que nos hacía caminar un poco por encima del suelo.&nbs
Si alguien me hubiera pedido calcular las probabilidades de que Jacob y yo termináramos juntos, probablemente habría necesitado una hoja más grande.Y no era porque fuera imposible, sino porque llevaba demasiado tiempo ocurriendo sin ocurrir realmente.Y ahora que finalmente había pasado, descubrí algo inesperado:La parte difícil no era enamorarse de Jacob.La parte difícil era acostumbrarme a la idea de que Jacob también estaba enamorado de mí.Había despertado convencida de que había imaginado parte de lo ocurrido. Por alguna extraña razón aún me parecía profundamente fantasioso que Jacob finalmente fuera mi novio.Cada vez que lo pensaba, mi cerebro reaccionaba como si estuviera revisando una ecuación mal planteada en busca del error.&nb
Al caer la tarde, la casa volvió a quedarse en silencio.Uno a uno fueron despidiéndose, dejando con ellos buenos deseos para esta nueva vuelta al sol, para una etapa en la que, formalmente, dejaba de ser una adolescente para empezar mi camino hacia la adultez, aunque en realidad no sabía en qué momento uno deja de ser adolescente para ser adulto. Supongo que es parte de la vida descubrirlo.Kate me abrazó con fuerza antes de irse y me entregó su regalo: un día de spa para las dos.Reímos entre promesas de coordinar pronto nuestro día de chicas, como si el futuro fuera tan sencillo de agendar.Papá me dio un beso largo en la frente y me acarició el cabello, igual que cuando era niña. Luego, con una sonrisa cansada pero satisfecha, subió a su habitación, dejándonos a Jacob y a mí solos en la
La breve pausa que hizo mi padre después de decir “tengo mis dudas” debió de durar apenas dos o tres segundos, pero en tiempo real se sintió eterna.Fue extraño cómo algo tan pequeño podía expandirse de esa manera dentro de la cabeza; bastan unos cuantos segundos para que la ansiedad empiece a deslizarse bajo la piel, para que el corazón se prepare para el golpe antes siquiera de saber cuál será.En momentos así, lo único que puedes hacer es intentar ordenar tus pensamientos a toda velocidad y repetirte que, pase lo que pase, no debes dejar que la decepción se note en tu rostro.“Pero tampoco quiero ser yo la razón por la que renuncies a tu felicidad.”Intenté controlar mi reacción, pero la sorpresa se abrió paso de todos modos.Siendo sin
El aterrizaje fue tan suave que apenas lo sentí.La canasta rozó el pasto y luego se dejó caer con una docilidad casi irreal, como si el aire todavía se resistiera a soltarnos. Cuando el globo terminó de asentarse entre los prados abiertos, un nudo me cerró la garganta. No quería que ese instante suspendido se terminara nunca; no quería volver del todo.Jacob me ayudó a bajar. Al rozar sus manos con las mías, el mundo pareció quedarse en pausa un segundo. No dijimos nada. No hizo falta. El silencio seguía cargado de algo nuevo, frágil, como si ambos temiéramos romperlo con una palabra mal colocada.El cielo estaba despejado, de un azul tan limpio que dolía mirarlo. Por un momento pensé que ese color dialogaba en secreto con los ojos de Jacob, como si se reconocieran.Durante el camino de re
“¿Sabías que los globos aerostáticos funcionan según el principio de Arquímedes?”, comenté, apoyando las manos en el borde.Jacob rió, como siempre, como cuando lo sorprendía con algún dato curioso o no tan curioso… para él.“No, pero me encanta que lo sepas.”Seguramente el genio sí lo sabía, pero lo negaba.“La idea es simple: el aire caliente dentro de la envoltura pesa menos que el aire frío de afuera, y esa diferencia hace que suba. Como un barco flotando en el cielo”, expliqué, con la mirada fija en el horizonte.Respiré hondo, saboreando el momento.“Ahora entiendo por qué me despertaron a esa hora. Los globos tienen que despegar temprano porque el cielo todavía no ha decidido ser hostil
Kate llegó temprano el sábado con la determinación de convertir mi cuarto en un probador de revista. Su plan era arreglarnos juntas y decidir cuál sería el outfit perfecto.Yo ya había resuelto el asunto con mis jeans de siempre y mis Converse, pero con Kate no había escapatoria: entre sus sugerenc
Las luces del escenario parpadeaban al ritmo de la batería y el público gritaba como si la vida entera dependiera de esa canción. Kate estaba en éxtasis, grabando todo con su teléfono y saltando como si cada acorde fuera un regalo. Yo me dejaba llevar, aunque la música no era exactamente mi estilo;
El timbre de la escuela siempre sonaba como un recordatorio de que el día apenas comenzaba, aunque para mí ya era una pequeña batalla ganada: había logrado llegar a tiempo, con el cabello medianamente decente y la tarea de matemáticas avanzadas terminada.La escuela tenía ese aire caótico que sólo
Tuve que alejar el teléfono de mi oído porque Kate no paraba de gritar y, a este paso, estaba segura de que me quedaría sorda. Apenas la había puesto al tanto de la cena y de la idea que mamá había tenido cuando empezó a desbordar de emoción, como si hubiera ganado la lotería.“¡No lo puedo creer!







