Mag-log inKate llegó temprano el sábado con la determinación de convertir mi cuarto en un probador de revista. Su plan era arreglarnos juntas y decidir cuál sería el outfit perfecto.
Yo ya había resuelto el asunto con mis jeans de siempre y mis Converse, pero con Kate no había escapatoria: entre sus sugerencias y su entusiasmo, terminé convencida de usar jeans oscuros, botas negras con tacón ligero, una blusa ajustada que enmarcaba mi cintura y una chamarra de mezclilla. Ella misma se encargó de soltarme el cabello en ondas suaves y de aplicarme un maquillaje que realzaba mis ojos verdes con motas doradas.
Kate, en cambio, después de probarse media maleta, se decidió por algo mucho más sencillo: jeans normales y tenis. La ironía era evidente. Cuando la miré con cara de reproche, se limitó a encogerse de hombros y a declarar que su altura jugaba a su favor, mientras que la mía necesitaba ‘un empujoncito extra’.
Mamá y papá habían decidido salir a cenar a un restaurante italiano en la ciudad, así que la casa estaba en silencio cuando sonó el timbre. Yo fui a abrir, sin imaginar la escena que me esperaba.
Jacob estaba parado en la entrada. El problema no era que estuviera ahí; eso ya lo había previsto. El tema era cómo estaba.
Debo reconocer que me quedé mirándolo más de lo que es socialmente aceptable. Jeans, playera blanca, chamarra de piel, cabello un poco desordenado como si hubiera pasado la mano en lugar de un peine. Muy lejos de sus trajes impecables. Tan distinto y tan… desconcertante. Me descubrí hipnotizada hasta que tuvo que repetir su pregunta.
“Camila, pregunté si ya estaban listas.”
“Ah, sí… claro. Lo siento, yo… mmm… voy por Kate.”
Lo dejé pasar y subí corriendo a buscarla, todavía intentando entender por qué había tocado el timbre cuando desde hacía tiempo tenía las llaves de la casa. No era como si esto fuera una cita.
Bajamos enseguida. Cuando Kate lo vio esperándonos en la sala, me dio un codazo y una mirada cómplice que decía: ‘No me voy a callar después de esto’.
No era novedad que Jacob sí robara suspiros por donde pasara; Kate había declarado en más de una ocasión que era ‘ultra hot’, aunque siempre parecía inalcanzable con su aire serio y su vestimenta formal. Pero ahí, vestido casual y con un semblante relajado, resultaba más difícil de ignorar. Yo misma tuve que recordar varias veces que no debía quedarme observándolo.
Se levantó con calma y caminó hacia nosotras.
Al llegar al final de las escaleras, Jacob me sostuvo la mirada con esa expresión indescifrable que tanto me descolocaba, hasta que fue Kate quien, con su natural desparpajo, rompió el silencio y alivió la tensión.
“¿Están listos para una noche inolvidable? Va a ser memorable. Única. Espectacular”, dijo Kate con demasiada alegría, mirando hacia la nada y moviendo las manos como si estuviera en una obra de teatro.
Jacob y yo nos quedamos observándola. Cuando Kate se percató de que ninguno de los dos había dicho nada, volteó a vernos con la cara confundida.
“Claro”
“Sí, por supuesto”
“La mejor noche”
“Inolvidable”
Contestamos Jacob y yo al unísono. El sarcasmo estaba implícito. Kate nos vio con ojos sospechosos, pero decidió ignorarnos y volver a su fantasía del concierto.
No habíamos salido de la casa y ya me andaba arrepintiendo de esta noche.
Salimos los tres y nos detuvimos junto al coche. Jacob abrió al mismo tiempo las puertas, tanto la del copiloto como la de atrás, y luego nos dio paso para entrar.
Kate se subió a la parte de atrás y, antes de que cerrara la puerta, le dijo: “Gracias, Jacob, por acompañarnos al concierto. Te debo una.”
Jacob sonrió y cerró su puerta. Luego se volteó para cerrar la mía mientras contestaba, viéndome directo a los ojos: “Todo un placer”.
Rompí el contacto visual y tragué saliva. Esta noche sería larga.
Durante el trayecto, hablábamos de todo y de nada, pero yo no dejaba de preguntarme cómo sería la dinámica una vez dentro del concierto. ¿Se quedaría con nosotras todo el tiempo? ¿Nos perderíamos en la multitud y lo veríamos de lejos? Lo último que quería era ser yo quien preguntara. Iba sumergida en mis pensamientos cuando la pregunta de Kate me tomó desprevenida.
“¿En qué quedaste con Justin respecto al concierto?”
Jacob frunció el entrecejo y volteó brevemente para verme; luego volvió la mirada al frente.
«Kaaate…»
“En nada. Le comenté que nosotras ya teníamos nuestro plan”, contesté escuetamente. No quería tener esta conversación con Jacob como testigo. Kate tuvo todo el día para preguntarme esto y decidió que ahora era una ‘buena’ oportunidad para platicarlo.
«Quiero patearte en la espinilla.»
“¿Pero quedaron de buscarse en algún momento o algo así?”
“No, propiamente”
“¿Quedaron de escribirse?”, siguió preguntando. Yo miraba de reojo a Jacob, que no decidía nada, pero sentí que el ambiente en el coche se volvió tenso de un momento a otro.
“No en particular”, contesté y antes de que pudiera agregar algo más a la lista de preguntas incómodas, cambié el tema: “¿Con qué canción crees que abren?”
“¡Esa es una gran pregunta! No lo había pensado”
Así logré distraer a Kate y, durante el resto del camino, nos centramos únicamente en Trollex.
La complicidad con Jacob era distinta ahora. Ya no había dudas ni silencios pesados; en su lugar habían aparecido sonrisas cómplices, miradas sostenidas que parecían conversaciones enteras y ese roce casual de manos que me erizaba la piel como si fuera la primera vez.Era extraño y bonito a la vez: nos conocíamos desde hacía años, pero todo parecía nuevo, recién estrenado.No hablábamos demasiado de lo que significaba ‘estar juntos’. No hacía falta. Bastaba con la forma en que me miraba cuando creía que nadie más lo notaba, o con cómo me abría la puerta del coche con una media sonrisa tranquila, segura, que me desarmaba sin esfuerzo.Vivíamos dentro de una burbuja pequeña y silenciosa, un secreto compartido que nos hacía caminar un poco por encima del suelo.&nbs
Si alguien me hubiera pedido calcular las probabilidades de que Jacob y yo termináramos juntos, probablemente habría necesitado una hoja más grande.Y no era porque fuera imposible, sino porque llevaba demasiado tiempo ocurriendo sin ocurrir realmente.Y ahora que finalmente había pasado, descubrí algo inesperado:La parte difícil no era enamorarse de Jacob.La parte difícil era acostumbrarme a la idea de que Jacob también estaba enamorado de mí.Había despertado convencida de que había imaginado parte de lo ocurrido. Por alguna extraña razón aún me parecía profundamente fantasioso que Jacob finalmente fuera mi novio.Cada vez que lo pensaba, mi cerebro reaccionaba como si estuviera revisando una ecuación mal planteada en busca del error.&nb
Al caer la tarde, la casa volvió a quedarse en silencio.Uno a uno fueron despidiéndose, dejando con ellos buenos deseos para esta nueva vuelta al sol, para una etapa en la que, formalmente, dejaba de ser una adolescente para empezar mi camino hacia la adultez, aunque en realidad no sabía en qué momento uno deja de ser adolescente para ser adulto. Supongo que es parte de la vida descubrirlo.Kate me abrazó con fuerza antes de irse y me entregó su regalo: un día de spa para las dos.Reímos entre promesas de coordinar pronto nuestro día de chicas, como si el futuro fuera tan sencillo de agendar.Papá me dio un beso largo en la frente y me acarició el cabello, igual que cuando era niña. Luego, con una sonrisa cansada pero satisfecha, subió a su habitación, dejándonos a Jacob y a mí solos en la
La breve pausa que hizo mi padre después de decir “tengo mis dudas” debió de durar apenas dos o tres segundos, pero en tiempo real se sintió eterna.Fue extraño cómo algo tan pequeño podía expandirse de esa manera dentro de la cabeza; bastan unos cuantos segundos para que la ansiedad empiece a deslizarse bajo la piel, para que el corazón se prepare para el golpe antes siquiera de saber cuál será.En momentos así, lo único que puedes hacer es intentar ordenar tus pensamientos a toda velocidad y repetirte que, pase lo que pase, no debes dejar que la decepción se note en tu rostro.“Pero tampoco quiero ser yo la razón por la que renuncies a tu felicidad.”Intenté controlar mi reacción, pero la sorpresa se abrió paso de todos modos.Siendo sin
El aterrizaje fue tan suave que apenas lo sentí.La canasta rozó el pasto y luego se dejó caer con una docilidad casi irreal, como si el aire todavía se resistiera a soltarnos. Cuando el globo terminó de asentarse entre los prados abiertos, un nudo me cerró la garganta. No quería que ese instante suspendido se terminara nunca; no quería volver del todo.Jacob me ayudó a bajar. Al rozar sus manos con las mías, el mundo pareció quedarse en pausa un segundo. No dijimos nada. No hizo falta. El silencio seguía cargado de algo nuevo, frágil, como si ambos temiéramos romperlo con una palabra mal colocada.El cielo estaba despejado, de un azul tan limpio que dolía mirarlo. Por un momento pensé que ese color dialogaba en secreto con los ojos de Jacob, como si se reconocieran.Durante el camino de re
“¿Sabías que los globos aerostáticos funcionan según el principio de Arquímedes?”, comenté, apoyando las manos en el borde.Jacob rió, como siempre, como cuando lo sorprendía con algún dato curioso o no tan curioso… para él.“No, pero me encanta que lo sepas.”Seguramente el genio sí lo sabía, pero lo negaba.“La idea es simple: el aire caliente dentro de la envoltura pesa menos que el aire frío de afuera, y esa diferencia hace que suba. Como un barco flotando en el cielo”, expliqué, con la mirada fija en el horizonte.Respiré hondo, saboreando el momento.“Ahora entiendo por qué me despertaron a esa hora. Los globos tienen que despegar temprano porque el cielo todavía no ha decidido ser hostil
“¿¡Qué me perdí!?” La voz de Kate rompió el silencio. Jacob apartó las manos de inmediato y me bajó la blusa, mientras yo lamentaba que ella hubiera llegado justo entonces.“Hubo una pelea y Camila fue daño colateral”, dijo Jacob con su tono serio habitual.Jacob le dirigió una mirada asesina, pero
Las luces del escenario parpadeaban al ritmo de la batería y el público gritaba como si la vida entera dependiera de esa canción. Kate estaba en éxtasis, grabando todo con su teléfono y saltando como si cada acorde fuera un regalo. Yo me dejaba llevar, aunque la música no era exactamente mi estilo;
Estacionamos y nos dirigimos hacia la entrada. Tras pasar el arco de seguridad, llegamos a una zona con mesas altas y una barra de bebidas y comida. Jacob, en cuanto divisó a un grupo de personas, les hizo un gesto con la cabeza.Ahí lo entendí: tenía amigos esperando. Claro, para él esto no era un
El timbre de la escuela siempre sonaba como un recordatorio de que el día apenas comenzaba, aunque para mí ya era una pequeña batalla ganada: había logrado llegar a tiempo, con el cabello medianamente decente y la tarea de matemáticas avanzadas terminada.La escuela tenía ese aire caótico que sólo







