Dmitry se mantuvo inmóvil durante largos segundos, como si temiera que, al apartarse, todo aquello fuera solo un delirio febril, un espejismo.El pecho inmenso jadeaba contra la espalda de ella, caliente, pesado, y el hocico rozaba suavemente su nuca, inhalando con devoción aquel olor que ya reconocía como su más absoluta necesidad.Con un movimiento perezoso, posesivo, la giró de lado, atrayéndola contra sí, encajándola en su pecho cubierto de pelaje, protegiendo, sellando, marcando sin necesidad de clavar dientes o garras.Pasó una de las garras afiladas con una delicadeza absurda por la línea de la mandíbula de ella, levantando suavemente el mentón para que lo mirara.Los ojos salvajes y azules contemplaron los de ella, y el Lycan, incluso colosal, incluso monstruoso, parecía casi vulnerable en aquel instante.— Me marcaste. — Murmuró él, la voz gruesa, ronca. — No aquí… — Pasó la garra, suavemente, sobre el hombro de ella, donde ya no había mordida. — Ni aquí… — Y tocó la curva de
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