El cuarto estaba silencioso, envuelto en la penumbra suave de la mañana que comenzaba a nacer. Cortinas pesadas mantenían la luz del mundo alejada, como si el tiempo allí dentro fluyera en otra cadencia. Más lenta, más densa.Dmitry no dormía.O, al menos, su cuerpo reposaba, pero sus sentidos permanecían aguzados, atentos, fusionados al instinto primal que rugía dentro de él con el nombre de un solo ser: Susan.Y entonces sintió el cambio.No llegó con sonido, ni con olor. Sino con una vibración casi imperceptible, como si la propia esencia de ella se hubiera expandido más allá de la carne. Una ola ancestral, que su cuerpo reconoció antes que la mente.La piel de Susan, antes marcada solo por un brillo dorado sutil, ahora llevaba reflejos púrpura a lo largo de las venas — como tinta celestial corriendo bajo la piel.Ella respiró hondo. Las pestañas temblaron. Y entonces, los ojos se abrieron lentamente, verdes como musgo sagrado, pero con un halo sombrío danzando alrededor del iris.
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