El viernes amaneció con un clima espléndido.Desde temprano brillaba el sol y el aire tenía una calidez agradable.A las ocho y media de la mañana, Mariana ya estaba lista.Se había maquillado con esmero y llevaba puesto un abrigo largo de invierno, abierto al frente, sin cinturón.Debajo lucía un vestido de gala color vino.El corte de la cintura le ajustaba perfecto, marcándole una silueta fina que parecía caber entre dos manos.El cabello, ligeramente ondulado, descansaba sobre los hombros.Se veía hermosa, relajada, con un encanto imposible de ignorar.La maleta que había preparado la noche anterior ya estaba abajo.Bajó las escaleras en pantuflas.Alejandro tomaba café en el comedor.Al escuchar sus pasos, levantó apenas la mirada.La garganta se le tensó al verla.Mariana caminó hasta la mesa, tomó una fresa madura del frutero y se la acercó a los labios.Él no pudo evitar decir:—¿Por qué hoy estás tan guapa?Mariana se sentó, se sirvió café y sonrió con los ojos.—¿Qué día no l
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