Dentro del ascensor, Diego miró con melancolía el colgante de jade sobre su pecho.Aunque ya lo veía venir, al ponerle fin definitivo a aquel matrimonio, no lograba soltarlo del todo. Él creía que la felicidad era sencilla: tres comidas al día, una vida tranquila.Ahora entendía que, al parecer, ser común y corriente también era un pecado.Había estado tres años dormido en un sueño de miel. Era hora de despertar. Mientras estaba ensimismado, el teléfono sonó de repente. Al contestar, escuchó una voz conocida:—Sr. Fuentes, habla Nicolás Reyes, de la Cámara de Comercio de Ríogrande. Me enteré de que hoy es su aniversario de matrimonio con la Sra. Sánchez, y le he preparado un regalo. ¿Cuándo le vendría bien recibirlo?—Agradezco su amabilidad, Sr. Reyes, pero ya no hace falta —respondió Diego con desapego.—¿Eh? —Nicolás se quedó desconcertado.Intuyó que algo andaba mal.—Sr. Reyes, ¿hay algo más? —cambió de tema Diego.—Bueno, sí, tengo un asunto en el que necesito su ayuda.Nicolás
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