—Créeme o no, yo tengo la conciencia tranquila —dijo Valeria, con la cabeza en alto.—¿Ah, sí? —Diego esbozó una sonrisa burlona y señaló a Javier, que se acercaba—. ¿Eso es lo que llamas tener la conciencia tranquila? Ja… hoy he visto bien con quién andas.Mantenía una relación muy cercana con él, iban juntos a la gala, y encima tenía el descaro de decir que su conciencia estaba tranquila. Qué ridículo.Valeria frunció el ceño, pero no explicó nada. Primero, porque no hacía falta; segundo, porque él no le habría creído de todas formas.—Valeria, hace un momento estábamos tan a gusto, ¿por qué viniste aquí? —preguntó Javier, acercándose con una sonrisa.Sin embargo, al ver la belleza incomparable de Catalina, se quedó embobado. Sus ojos reflejaban un deseo voraz, y su respiración se aceleraba.¡Qué belleza!Jamás había visto a una mujer tan espectacular. Si Valeria era agua fría y serena, Catalina era fuego ardiente. Solo con estar ahí, sin hacer nada, ya irradiaba un encanto embriag
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