—¡Oye! ¿Qué esperas? ¡Arrodíllate y pide perdón al Sr. Martínez!Javier, al ver a Diego en apuros, no pudo evitar regodearse. Le había dado envidia que Diego se llevara todo el protagonismo, y ahora le tocaba pagar.¿Arrodillarse o no? Si lo hacía, perdería la dignidad. Si no, las consecuencias con el hijo de don Hugo serían terribles.—¡Chico! Te doy una oportunidad. Si te arrodillas hoy, te perdono la vida. Si no, no digas que no te advertí —dijo Francisco, golpeando con el dedo el pecho de Diego, con aires de superioridad.Sin dinero ni poder, ¿de qué servía saber pelear? Solo era un bruto, sin importancia.—¿Sabes que estás jugando con fuego? —dijo Diego, mirando el dedo de Francisco.—¿Jugando con fuego? —Francisco sonrió con crueldad—. No solo voy a jugar, ¡voy a violar a tu mujer! ¿Lo oyes? Mañana, delante de ti, me la voy a llevar. Yo y todos mis hombres, uno tras otro. Quiero verte sufrir, ver cómo no puedes hacer nada, y que entiendas lo que es la desesperación y el infierno.
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