Bajo el Silencio del Dolor
El dueño, molesto y furioso, le gritó:
—Maldita perra, ¿una estúpida muda va a ganar tanto dinero? ¿Para qué necesitas tanto? Sigues paseándote por aquí frente a mí. ¡Sé que solo quieres provocarme con esa carita de mosquita muerta!
María abrió los ojos, sorprendida.
Solo estaba trabajando como siempre en el restaurante, ¿por qué la acusaba de provocarlo?
Pero, al final, la fuerza del dueño fue mucho mayor que la suya. Justo cuando él estaba a punto de acercarse a ella, María actuó rápido, levantó la pierna y lo pateó con todas sus fuerzas.
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