El sábado por la tarde, después de dejar todo listo en el hostal, Elena se dio una ducha en su habitación de descanso, se cambió de ropa, tomó una mochila ligera y salió. En la entrada, la camioneta de Leonardo ya la estaba esperando. En cuanto se acercó, vio dos cabecitas en el asiento trasero asomándose por la ventana para saludarla con la mano.—¿Ya está todo listo? —le preguntó a Leonardo, que estaba al volante.Leonardo se bajó y abrió la cajuela:—Revisa tú misma.Elena echó un vistazo. Él lo había preparado todo a la perfección: desde cosas grandes como las tiendas, las mesas y las sillas plegables, hasta detalles como linternas potentes, toallitas húmedas, pañuelos y bolsas de basura, e incluso un pequeño botiquín de primeros auxilios. También le había pedido al chef del restaurante que preparara unos refractarios con carne marinada y tres platillos recién hechos que a ella le gustaban mucho, además de fruta lavada, picada y guardada en varios contenedores.Al ver la cajuela
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